Más perplejo y entristecido que furioso, Harry volvió al salón para echarles un vistazo a las páginas mecanografiadas que, probablemente, le habían costado la vida a su esposa.
Cogió una de las carpetas, cuya etiqueta decía sólo Introducción. Contenía varias páginas. Leyó la primera:
ENTRE LAS SÁBANAS
El poder y la extraordinaria influencia del submundo del sexo en EE.UU.
Los hombres me consideran hermosa, y las mujeres también. Desde que me percaté de ello, le he sacado partido. Soy inteligente, culta y me intereso por muchas cosas, pero lo que más me interesa es el sexo. El sexo y el poder. A lo largo de las páginas de este libro el lector descubrirá cómo yo (y las muchas mujeres con quienes he trabajado y a quienes he entrevistado) exploto el atractivo físico y el sex appeal para atraer y controlar a los demás, tanto hombres como mujeres. Descubrirá el lector cómo decisiones empresariales millonarias -que han supuesto ganar o perder fortunas- se tomaron por la única y exclusiva razón de complacer a alguna de nosotras. Descubrirá el lector que altos cargos públicos fueron destituidos y otros nombrados, simplemente porque una de nosotras lo pidió. A veces se nos paga para que ejerzamos nuestra influencia (grandes sumas). En ocasiones, utilizamos nuestra influencia con jueces, políticos o empresarios, sólo para demostrar que la tenemos.
¿Merecemos esta influencia? El lector juzgará…
Harry dejó la carpeta a un lado y abrió la de Correspondencia. Contenía cartas de directores literarios, de varias de las editoriales más importantes, que expresaban su gran interés por los capítulos de muestra de Entre las sábanas, de Désirée. Las cartas iban dirigidas al apartado de correos de un agente literario de Manhattan llamado Norman Quimby.
Corbett no le había oído nunca a Evie mencionar al tal Quimby, y dudó de que existiera. Había también cartas de productores de programas de TV. Estas últimas iban dirigidas a Evie, a distintos apartados de correos. Le ofrecían que, si podía contar con Désirée y con todo el material que decía tener, considerarían la posibilidad de ofrecerle la presentación de un programa. Los productores le prometían, también, ponerle a su disposición todo tipo de salvaguardas tecnológicas para proteger la identidad de Désirée, a la vez que conservaban el halo de misterio (en otras palabras, le daban garantías de deformación de imagen y voz). Un productor le decía:
… Creo que es una idea estupenda hacer de la identidad de Désirée el secreto mejor guardado desde Pearl Harbor. Si hacemos coincidir la serie de programas de TV con la aparición del libro, la publicidad que se nos hará será enorme, un fenómeno parecido al de Christine Keeler, con unos toques de todo lo que rodeó a Marilyn y a los Kennedy. No me es posible precisarle cifras todavía, pero si nos puede mostrar lo que ya tiene, estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo.
Harry cogió una de las cintas de vídeo. En la etiqueta sólo decía «i». Repasó las carpetas que había en el suelo y vio una que llevaba la etiqueta «Vids». En el interior había seis textos de una extensión de dos o más páginas. Por todo título llevaban un número. Cogió el titulado «i» e introdujo la cinta en el vídeo.
Harry leyó:
La mujer que aparece en la grabación se hace llamar Briana.
Tiene treinta y un años y fue miss en una importante universidad del sur del país. Durante el día, ejerce de fisioterapeuta en una clínica de las afueras de Washington, D.C., y por la noche trabaja para una agencia de azafatas de compañía. Por sus servicios cobra 2000 dólares por noche. Sólo tiene unos cuantos clientes y no está obligada a trabajar. Reparte las ganancias a partes iguales con la agencia. Hace poco quedó embarazada de su novio y decidió dejar el trabajo en la agencia. La grabación -una especie de regalo de «jubilación» que Briana se hizo a sí misma- la efectuó con una cámara oculta detrás de un espejo de su apartamento, y la propietaria de la agencia no estaba al corriente. Briana actuó por su cuenta y riesgo, pero un poderoso lobby tabaquero ya había contratado sus servicios. Por influir en el voto de un senador, que aparece con ella en esta grabación, cobró 50.000 dólares, y por el vídeo, otros 50.000. Su cara y su voz, así como las del senador, han sido electrónicamente deformadas…
Harry vio con morbosa fascinación que una joven de grandes y preciosos pechos y cuerpo de adolescente se dejaba desnudar por un hombre cuyo cuerpo… adolecía (de casi todo). A fuerza de llamarlo «senador», de bromear y dejarle hacer de todo, le arrancaba la promesa de retirar su apoyo a un proyecto de ley para gravar con más fuertes impuestos las labores de tabaco.
Era una joven increíblemente atractiva, seductora y muy experta (tanto, que el senador no le duró más allá de dos minutos cuando empezaron a hacer el amor).
La deformación electrónica de voces y rostros hacía imposible identificar al hombre. Harry se preguntó si la grabación sería auténtica o sólo una escenificación preparada por Désirée. ¿Estaría Désirée en alguna grabación? Por desgracia, las probabilidades de que así fuese eran bastante altas. Harry decidió posponer la visualización de las demás grabaciones hasta haber leído lo que contenían las carpetas y las hojas manuscritas.
Miró el reloj. Eran casi las dos. Dio en silencio gracias a su profesión, que le proporcionaba la frescura mental imprescindible durante toda una jornada de trabajo, aunque hubiese pasado la noche anterior en vela.
Seguiría allí hasta el amanecer. Luego pasaría por su apartamento para ducharse y cambiarse de ropa, antes de ir al hospital para su diaria ronda de visitas, y en cuanto las terminase y hubiese cumplido con sus visitas del consultorio, regresaría al Village.
Le echó un vistazo a las carpetas y hojeó las páginas mecanografiadas para ver por dónde empezaba. Reparó en unos folios (no más de diez) sujetos sólo por una ancha goma elástica. La primera hoja llevaba adherido un Post-it con letra de Evie. Decía: Ejecutivos (notas preliminares). Véase también: Diario de Désirée.
Se reúnen cada dos semanas en el hotel Camelot. Jóvenes, bonitas e influyentes. A mí me eligió Page, junto a otras seis mujeres, que pueden considerarse entre las más bonitas y deseadas de la ciudad. Cobrábamos 1000 por noche, en metálico. Cada una de nosotras era asignada a un ejecutivo. En mi primera noche, un martes, me enviaron a la habitación de…
Harry se sobresaltó. Acababa de oír un ruido procedente del rellano, estaba completamente seguro. Alguien escuchaba tras la puerta. Dejó los papeles donde estaban, fue de puntillas hasta la ventana y subió un poco la persiana sin hacer ruido. Esta daba a un callejón, y había escalera de incendios. No obstante, tanto aquella ventana como la contigua estaban protegidas por barrotes y aseguradas con un candado.
Volvió a la mesa en la que había dejado el llavero de Evie y, mientras examinaba las llaves, oyó llamar. Dio dos pasos hacia la puerta y se detuvo. Volvieron a llamar, esta vez con insistencia.
Corbett miró en derredor. Era imposible ocultar en un momento los papeles de Désirée.
– ¿Quién es? -farfulló Harry, que se acercó más a la puerta para oír quién era.
– Soy Thorvald. Paladín Thorvald. Tengo que hablar con usted.
Aunque Harry no lo oyó muy bien, entendió el apellido.
– ¿Cómo ha entrado?
– Es muy importante.
Harry volvió a mirar en derredor, se encogió de hombros y descorrió el cerrojo. En cuanto giró el pomo de la puerta, irrumpieron dos hombres con sendas cazadoras de piel. Uno era alto y fornido como un profesional de lucha libre y el otro era mucho más bajo pero roqueño. Llevaban el rostro cubierto con una media.
– Se me da bien imitar voces -dijo el más alto, que empujó a Harry hacia el interior del apartamento.