Un penoso silencio se hizo en la sala. Mary pudo ver que Eleonore lanzaba a su hijo miradas apremiantes.
– ¿Ha tenido un buen viaje? -preguntó Malcolm a continuación insípidamente.
– Por desgracia, no -respondió Mary-. Cerca de Selkirk, mi carruaje fue atacado por unos salteadores de caminos. Mi cochero perdió la vida en el ataque, y mi doncella y yo también estuvimos a punto de morir.
– ¡Esto es inaceptable! -El puño de Malcolm de Ruthven se aplastó violentamente contra la mesa-. Estoy definitivamente harto de oír estas historias. Hoy mismo enviaré una carta al gobierno exigiendo que actúen con dureza contra esta pandilla de campesinos. No quiero pensar en lo que habría podido sucederle, querida Mary.
– Tranquilícese, apreciado Malcolm, no me ocurrió nada. Afortunadamente unos hombres valerosos se encontraban cerca y nos salvaron la vida, a mi doncella y a mí. Resultó que uno de mis salvadores era nada menos que sir Walter Scott.
– ¿Walter Scott? -Malcolm levantó las cejas-. ¿Debería conocerle? Al parecer es un noble.
– Lo es, aunque no según los patrones habituales -le aseguró Mary-. Sir Walter es un gran escritor, que hace revivir el pasado de nuestra tierra en sus magníficas novelas. Incluso en la corte de Londres se leen sus libros, aunque él es demasiado modesto para darse a conocer allí como el autor de sus obras.
– Libros. -Por su expresión, parecía que Malcolm hubiera mordido un limón-. Debo reconocer, querida, que no son precisamente mi especialidad. Los libros deben de estar muy bien para los eruditos y para aquellos que son demasiado viejos o perezosos para vivir grandes cosas por sí mismos. Yo, por mi parte, prefiero la fama de los propios hechos a las fabulaciones de un visionario exaltado.
Mary mordió otro pedacito de pan y tuvo que masticar lentamente para no dejar ver hasta qué punto la habían herido aquellas palabras. De un solo golpe, Malcolm no solo había ofendido a sir Walter y a su obra, sino que la había acusado también indirectamente de ser indolente y perezosa; parecía demasiado teniendo en cuenta que acababan de conocerse en aquel momento. Tal vez Mary habría podido pasar por alto que el laird de Ruthven no fuera un amante de la literatura, si él no hubiera insistido en arrancarle una reacción.
– ¿Qué opina usted, querida? -preguntó-. ¿No cree también que es más propio de un hombre de honor conquistar la fama por sí mismo en lugar de tratar de emular las aventuras de unos héroes inventados?
– No todos los héroes de sir Walter son inventados -replicó Mary enseguida-. Una de sus novelas más famosas está dedicada, por ejemplo, a Rob Roy.
– ¿Ese ladrón, ese hombre sin ley?-preguntó Eleonore horrorizada.
– Nunca fue un ladrón, y solo fue un hombre sin ley a ojos de los ingleses. Scott lo representa como un héroe y un luchador por la libertad, que se opone a la injusticia de que fueron víctimas él y su familia.
– Debo decir que no me extraña que el crimen y el desprecio por la ley sigan aumentando en las Lowlands -replicó Malcolm-, si hombres como ese Scott andan libremente por ahí y elevan a los bandidos al rango de héroes.
– Sir Walter es un famoso artista y un gran hombre -dijo Mary, sin esforzarse ya en ocultar la ira en su voz-. Me salvó la vida y nos acogió en su casa, a mí y a mi doncella. Tengo una gran deuda con él, y no permitiré que su honor sea puesto en cuestión en mi presencia.
– Calma, hija -la previno Eleonore fríamente-. Tus palabras están fuera de tono.
– Deja, madre. -Malcolm sonrió-. Es evidente que mi futura esposa no solo es extremadamente hermosa y encantadora, sino que también posee el corazón de una luchadora. Esto me agrada. ¿Podrá perdonar mis frívolas observaciones, apreciada Mary?
Mary dudó solo un momento.
– Naturalmente -dijo enseguida-. Y le ruego que perdone que haya levantado la voz.
– Está olvidado -aseguró Malcolm, y cambió de tema-. Después del desayuno le mostraré la propiedad de la familia Ruthven. Quedará impresionada.
– Estoy convencida de ello.
– La familia de Ruthven se remonta a una tradición de siglos, hija -explicó Eleonore en un tono que Mary encontró algo irritante-. Conservar estas tradiciones y preservar la propiedad y la posición de nuestra familia constituye la más elevada responsabilidad de mi hijo.
– Naturalmente, madre -dijo Malcolm-. Pero, por favor, no aburras a mi futura esposa con informaciones áridas. Preferiría hablarle de los maravillosos progresos que hemos realizado en nuestras tierras en los últimos años. Ahí donde mi padre, que en paz descanse, todavía arrendaba la tierra a los campesinos, cuyos diezmos apenas bastaban para cubrir los costes, hoy se obtienen elevados beneficios.
– ¿De qué modo? -quiso saber Mary.
– Cría de ovejas-se limitó a decir Malcolm.
– ¿Se dedican a la cría de ovejas?
– No, hija, no nosotros -dijo Eleonore, y su tono revelaba que la pregunta le parecía de una absurdidad difícil de superar-. Solo ponemos nuestras tierras a disposición de los criadores de ovejas del sur, que pagan bien para que les dejemos apacentar a su ganado en ellas.
– Comprendo -replicó Mary pensativamente-. Perdone la pregunta, que seguramente le parecerá ingenua…, pero ¿qué ha ocurrido con los campesinos que trabajaban estas tierra en época de su padre?
– Se han trasladado -dijo Malcolm, encogiéndose de hombros-. A la costa.
– ¿Abandonaron el país de forma voluntaria?
– No exactamente. -El laird rió-. Los menos de entre ellos fueron suficientemente razonables para marcharse voluntariamente; pero no pocos debieron ser obligados por la fuerza, y algunos particularmente testarudos tuvieron que ver cómo sus casas ardían sobre sus cabezas antes de llegar a convencerse de que mi decisión era irrevocable.
Perpleja, Mary miró a su prometido.
– ¿Expulsó de su hogar a estas personas? ¿Lo considera justo?
– Es el progreso, hija mía. El progreso raramente es justo. En todo caso no para los mendigos y los campesinos, ¿no cree?
De nuevo rió. Mary no pudo dejar de sentir que había algo pérfido y malicioso en su risa. Con amargura recordó lo que el viejo escocés le había contado, en el Jedburgh Inn, sobre los reasentamientos, y de pronto tuvo la sensación de que Malcolm se divertía a costa del anciano.
– Perdone, apreciado laird -replicó fríamente-, pero me temo que no tiene idea de lo que está hablando.
La engreída risa de Malcolm de Ruthven cesó, y tanto él como su madre le dirigieron una mirada escrutadora y cargada de reproches.
– ¿Qué quiere decir con esto, mi apreciada Mary?
– Quiero decir que no sabe qué es ser expulsado de su país de nacimiento y verse forzado a empezar de nuevo en una tierra extraña. No sabe cuánto valor se necesita para eso, y no tiene ni idea de la miseria a que ha lanzado a esas pobres gentes.
El color de la cara de Eleonore cambió visiblemente; su rostro se encendió de ira, y la pálida tez de la señora del castillo se tiñó de rosa. La mujer tomó aire para reprender a Mary con brusquedad, pero su hijo la contuvo.
– Si me lo permites, querida madre -dijo-, me gustaría contestar a eso y explicárselo a Mary.
– ¿Existe alguna explicación que pueda justificar semejante injusticia? -Mary levantó las cejas-. Tengo que reconocer que siento curiosidad.
Malcolm volvió a reír, pero su risa ya no sonaba tan satisfecha y fatua como antes.
– Mi querida Mary, por lo que dice, podría parecer que ha pasado las últimas semanas en compañía de escoceses rebeldes. Las universidades de Edimburgo y Glasgow están llenas de jóvenes fanáticos que echan pestes contra las Clearances e invocan el espíritu de los viejos tiempos, en los que eran libres y la tierra en que vivían aún les pertenecía.