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La niebla rué rodeando la iglesia de San Grimmin, cada vez más espesa, como si tratara de ocultarla. Holger apenas pudo ver que la aguja del campanario había caído, el techo había desaparecido, las ventanas estaban vacías. Lentamente, tanteando su camino entre los vapores y las tumbas, Carahue se aproximó a él.

Los cascos del caballo del infierno resonaban en la antigua gravilla. Pero aquella era la puerta de la iglesia. Holger la derribó. Alianora se encogió sobre el lomo de Papillon. El levantó sus brazos y ella cayó en ellos. La llevó encima, subiendo los escalones roídos por el tiempo.

—Tú también —dijo Carahue suavemente, conduciendo al corcel al interior.

Se detuvieron en lo que había sido la nave y miraron hacia el altar. El último rayo de luna caía sobre él. El crucifijo estaba todavía allí, elevado sobre el presbiterio caído, y Holger pudo ver el rostro de Cristo contra las estrellas. Cayó de rodillas y se quitó el casco. Un momento después, Carahue y Alianora se unían a él.

Escucharon que el caballo del infierno se iba. Cuando el sonido de sus cascos, al cojear, dio paso al silencio, despertó una ligera brisa que esparció la niebla. Holger pensó que la iglesia no estaba muerta, no estaba profanada. Se erguía teniendo el cielo como techo, y amurallada por el mundo vivo; se erguía como el signo de la paz.

Se levantó y atrajo hacia él a Alianora. Sabía que ése era el final de su búsqueda, y ese conocimiento le resultó doloroso. Puso los ojos en el rostro de Alianora, vuelto hacia arriba, antes de besarla.

Carahue dijo suavemente:

—¿Qué es lo que en verdad habéis venido a buscar aquí?

Holger no respondió enseguida. Se acercó al altar. En el suelo, delante de la barandilla, había una loseta de piedra. Cuando tocó el aro de hierro que había encima, un estremecimiento antiguo le recorrió.

—Esto —dijo. Sacó su espada, que ahora era inútil como arma, y la metió entre el anillo para que le sirviera de palanca. La losa era terriblemente pesada. Sintió que el acero se doblaba con el esfuerzo—. Ayúdame —dijo jadeando—. ¡Por favor, ayúdame!

Carahue metió su espada en la grieta que había abierto el danés. Un momento después la otra espada se rompía. Juntos levantaron la losa. Cayó en el pavimento con un estruendo hueco y se rompió en tres pedazos. Alianora cogió a Holger por el hombro.

—¡Escucha! —exclamó.

El caballero levantó la cabeza. A lo lejos se escuchaba el estruendo de un ejército. Un terremoto de cascos, el sonido de las trompetas, el resonar mortal de las armas.

—Son las huestes de Caos que cabalgan contra la humanidad.

Holger miró al agujero estrecho que tenía a sus pies. La luz de la luna brillaba con un tono azul sobre la gran espada que yacía esperando.

—Nada tenemos que temer —dijo—. Ellos no pueden resistirse a lo que está encerrado en esta espada. Cuando sus dioses demoníacos hayan sido empujados hacia el Mundo Medio, los humanos salvajes se desesperarán y huirán. Los tendremos pronto aquí.

—¿Quién eres? —susurró Alianora.

—Todavía no lo sé. Pero lo sabré pronto.

Se retrasó un momento más. Había un poder en él, algo que estaba más allá de las esperanzas del hombre. No se atrevía a levantarlo. Miró hacia arriba, a la figura que había en la cruz. Doblándose, tocó con la mano la espada Cortana.

—Conozco esa espada —dijo Carahue sin aliento.

Holger sintió que la ilusión que le cubría se disolvía. Recuperó la memoria y se conoció a sí mismo.

Se reunieron a su alrededor, Alianora rodeada por su brazo libre, Carahue cogido a su hombro, el morro de Papillon empujando suavemente su pecho.

—Suceda lo que suceda —dijo Holger—, me suceda lo que me suceda, habéis de saber que retornaréis salvos y que siempre me llevaréis mi amor.

—Te he buscado, camarada —dijo Carahue—. Te he buscado, Ogier.

—Te amo, Holger —dijo Alianora.

Holger Danske, a quienes las antiguas crónicas francesas conocen con el nombre de Ogier el Danés, montó en la silla. Y fue el príncipe de Dinamarca, a quien en su cuna las hadas y los hombres le dieron fuerza, suerte y amor. Y él fue el que acudió a servir a Carlomagno y se elevó entre los mejores de sus caballeros, el defensor de la cristiandad y la humanidad. El que venció a Carahue de Mauritania en la batalla, y se convirtió en su amigo, y viajó muy lejos con él. El amado de Morgana le Fay; y cuando envejeció, ella le llevó a Avalon y le devolvió la juventud. Allí se quedó hasta que los paganos amenazaron de nuevo a Francia, cien años más tarde, y de allí salió para vencerlos de nuevo. Entonces, en el momento de su triunfo, fue apartado de los mortales.

Y algunos dicen que espera en la isla intemporal de Avalon hasta que la bella Francia esté de nuevo en peligro, y algunos dicen que duerme bajo el castillo de Kronborg y despertará cuando lo necesite Dinamarca, pero ninguno recuerda que es y ha sido siempre un hombre, con las necesidades y amores humildes de un hombre; para todos es simplemente el Defensor.

Salió cabalgando del montículo y fue como si el amanecer cabalgara con él.

Nota

Tuve una carta de Holger Carlsen poco después de la guerra, en la que me informaba de que estaba vivo. No volví a saber nada de él hasta dos años más tarde, cuando entró en mi despacho.

Pensé que había cambiado mucho, que se había vuelto más tranquilo, y mucho más viejo, pero no me sorprendí pensando las experiencias que debía haber tenido como guerrillero. Me dijo que había vuelto a encontrar trabajo en Estados Unidos.

—Sólo para ganar dinero —dijo—. Lo que realmente quiero hacer es buscar en vuestras bibliotecas. Ya he encontrado bastantes materiales en Londres, París y Roma, pero no los suficientes.

—¿Cómo diablos? —pregunté yo—. ¿Tú te has convertido en un bibliófilo?

Soltó una risotada bastante aguda.

—No del todo. Ya te lo explicaré en otro momento.

Luego me preguntó por los amigos mutuos de otros tiempos. Con su estancia en Londres, su inglés había mejorado.

Pero el otro momento no tardó en llegar. Imagino que necesitaba desesperadamente un oyente que sintiera simpa— tía. Había sido bautizado en la iglesia católica, dato éste que conociéndolo me parece una prueba importante de su historia, pero evidentemente el confesionario no servía igual. Necesitaba contar toda la histora, tal como le había sucedido.

—No es que espere que creas una sola palabra de esto —me dijo una noche en mi apartamento, sobre una cerveza y unos bocadillos—. Sólo te pido que me escuches, ¿lo harás?

Terminó la historia momentos antes de amanecer, cuando bajo nosotros las calles estaban vacías y las luces de la ciudad apagadas nos permitían ver algunas estrellas. Se sirvió un poco más de cerveza y se quedó mirándola un largo rato antes de bebería.

—¿Y cómo regresaste? —le pregunté con toda tranquilidad para no molestarle. Parecía un insomne.

—De pronto estaba de vuelta —contestó—. Salí cabalgando y acabé con las fuerzas de Caos, haciéndolas retroceder ante mí. Y de alguna manera me empezó a parecer como si estuviera luchando también en aquella playa, en otra noche y otro mundo. Y así fue. Ataqué desnudo. Mis ropas no habían hecho la transición conmigo y yacían en un montón a mis pies. Una o dos balas me rozaron, pero nada grave. Me movía con una rapidez endiablada. Con mayor rapidez de la que tiene derecho a moverse la carne humana. Los doctores dicen que puede suceder así bajo condiciones de estrés extremo. Por la adrenalina, o algo parecido. El caso es que llegué a donde estaban los alemanes, le quité la ametralladora a uno de ellos, la cogí como si fuera un mazo y me puse manos a la obra. Terminé con aquello rápidamente.