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Cal regresó a los pocos minutos.

– Limpio -dijo.

– ¿Vas armado? -dijo el Cuchilla.

– Joder, tío -dijo Cal-. ¿Tú qué crees? -Se dio una palmadita en el bolsillo de la chaqueta de cuero roñosa que llevaba-. ¿Quién te quiere más que tu abuela, cariño? Siempre que Cal Hancock esté vigilando, estás a salvo.

El Cuchilla no contestó al comentario. Señaló con la cabeza el sendero entre los edificios. Cal avanzó primero.

Ness los siguió en tercer lugar, como un invitado de último momento. Se mantuvo cerca del Cuchilla, decidida a hacer que pareciera que llegaban juntos, fueran a donde fueran.

La urbanización en la que estaban era un lugar lleno de ruido, de olores acres que combinaban basura putrefacta, aromas de cocción y goma quemada. Pasaron por delante de dos chicas borrachas que vomitaban en un arbusto muerto y de un grupo de chicos jóvenes que abordaban a un jubilado que había decidido cometer la estupidez de sacar la basura de noche. Toparon con una pelea atroz y ensordecedora y con una mujer solitaria y delgada como un fideo que se clavaba una aguja hipodérmica en el brazo en el refugio de un colchón tirado contra un árbol desnudo.

Su destino era una casa a mitad de la calle. A Ness le pareció que estaba deshabitada o que los ocupantes estaban durmiendo. Pero cuando Cal llamó a la puerta, se abrió una mirilla. Alguien los observaba, consideró que eran aceptables y abrió. El Cuchilla pasó delante de Cal y entró. Ness lo siguió. Cal se quedó fuera.

Dentro, no había muebles, sino colchones viejos apilados de tres en tres en varios lugares y cajas de cartón grandes en vertical que servían de mesas. La poca luz que había procedía de dos lámparas de pie torcidas que proyectaban su resplandor sobre las paredes y el techo, de manera que la mayor parte del suelo con sus losetas de moqueta maltrechas quedaba a oscuras. Aparte del grafiti de un hombre de pelo alocado y una mujer desnuda conduciendo una aguja hipodérmica hacia la estratósfera, no había nada en las paredes y, vista en su totalidad, no parecía que en esa casa viviera nadie.

Sin embargo, estaba ocupada. Incluso podría pensarse que se estaba celebrando una fiesta, porque de una radio que necesitaba que alguien ajustara la emisora salía una música discontinua a poco volumen. Pero lo que uno espera ver en una fiesta -personas conversando o realizando cualquier otra actividad entre ellas- no era una característica de este lugar. Aquí la actividad se limitaba a fumar y, allí donde había conversación, ésta se circunscribía a comentarios sobre la calidad del crac y la diversión mental y física que proporcionaba.

También se fumaban otras cosas, cannabis y tabaco, y se vendían y compraban sustancias, las transacciones completadas por una mujer negra de mediana edad vestida con un salto de cama púrpura que exhibía el estado desventurado y flácido de sus grandes pechos. Parecía ser la responsable, ayudada por el portero, quien examinaba, a través de la mirilla, a las personas que querían entrar.

Nadie dudaba de que aquel lugar era un piso franco donde podía realizarse la actividad elegida. Al otro lado del barrio y extendiéndose en todas direcciones, este tipo de guaridas aparecían como setas en un bosque húmedo. La Policía no podía seguirles la pista; además, en el improbable caso de que un vecino reuniera el valor para denunciar la existencia de un lugar así y pedir que se detuviera al propietario, la Policía tenía demasiados asuntos entre manos para ocuparse del problema.

Salto de Cama Púrpura abasteció al Cuchilla con lo que había ido a buscar, una petición que no necesitó verbalizar. Puesto que ella existía porque existía él, la mujer quería darle una buena acogida. Esta casa era la primera incursión del Cuchilla en un territorio controlado por una banda albanesa, y ella le debía no sólo un techo, sino también el sustento que proporcionaba el negocio.

– ¿Cómo está tu abuela, cariño? -le dijo, mientras el Cuchilla encendía la pipa que le había dado. Era pequeña y desapareció en el hueco de su mano. Un hilo de humo emergió de ella-. ¿Aún está ingresada? Qué duro es, ¿verdad? ¿Tu madre aún no te deja ver al resto de los niños? Maldita zorra. ¿Qué más quieres, cariño? ¿Quién es ésta? ¿Está contigo?

«Ésta» era Ness, la sombra de Ness, que estaba un paso por detrás de él como un escolta real. Esperaba una indicación de qué tenía que hacer. Su expresión intentaba esconder la incertidumbre a través de la indiferencia. El Cuchilla alargó la mano y se la puso en la nuca. Le clavó el pulgar y el índice debajo de la oreja y la atrajo hacia delante. Le puso la pipa en la boca y miró mientras chupaba. Sonrió y le dijo a Salto de Cama Púrpura:

– ¿Con quién iba a estar, tía?

– Parece joven. No es propio de ti.

– Lo dices porque me quieres para ti solita.

La mujer se rió.

– Buf. Eres demasiado hombre para mí, cielo. -Le dio una palmadita en la mejilla-. Pega un grito si quieres que Melia te dé algo más.

Se marchó por el pasillo oscuro, donde la única pareja del lugar que interactuaba entre sí estaba follando inexpertamente contra la pared.

Ness sintió deprisa el efecto de la droga. Todo el peso de su vida pasó a un segundo plano, y se abrió al momento presente. No pensó que el peligro la acechara por doquier. ¿Cómo podía ocurrírsele cuando su mente racional se había marchado, cuando en su lugar había aparecido algo que parecía no sólo racional, sino superior a cualquier sensación que hubiera tenido antes? Lo único en lo que podía pensar era que quería más de lo que hacía que se sintiera de tal modo.

El Cuchilla la miró y sonrió.

– Te gusta, ¿verdad?

– Eres tú -dijo Ness, pues para ella el Cuchilla era la fuente de toda experiencia y sensación. Era lo que podía hacer que se sintiera completa-. Deja que te la chupe, tío -le dijo-. No vas a creer cómo te vas a sentir.

– Eres una experta, ¿eh?

– Sólo hay un modo de averiguarlo.

Aquello le cortó el rollo. Se dio la vuelta y fue a la zona de los asientos, dejándole atrás. Se sentó en una de las pilas de colchones, justo entre dos jóvenes. Hasta su llegada, estaban concentrados en sus colocones respectivos, pero Ness les dificultó las cosas al preguntarle a uno de ellos:

– ¿Qué tengo que hacer para darle una calada a eso? -Señaló la pipa que sujetaba el tipo mientras ponía la mano en el muslo del otro y la subía hasta su entrepierna, del mismo modo que había intentado hacer con el Cuchilla en el asiento trasero del coche.

Enfrente de ella, el Cuchilla vio lo que hacía y supo por qué lo hacía, pero él no era un hombre que dejara que las mujeres llevaran la voz cantante. Esa pequeña zorra, pensó, podía hacer lo que le viniera en gana. Fue a buscar a Melia y dejó a Ness en el salón. La niña pronto aprendería el precio de tratar a los hombres como marionetas en un lugar así.

El aprendizaje no tardó en llegar. Ness recibió la pipa para darle una calada, pero la calada tenía un coste determinado. Enseguida vio que no sólo había llamado la atención de los dos hombres entre los que se había situado. Otras personas se habían fijado en ella; cuando su mano tocó la entrepierna de su compañero en el colchón, éste no fue el único que se excitó.

Había otras mujeres presentes, pero como tenían más experiencia, sabían que lo más prudente era seguir con lo suyo y disfrutar del colocón que habían ido a buscar. Y como ninguno de los hombres quería malgastar energías convenciéndolas o coaccionándolas cuando podían saborear los mismos placeres sin esfuerzo alguno, se acercaron a Ness.

Podían ver que era joven, pero no importaba. Eran caballeros que se habían beneficiado a niñas de once años perfectamente dispuestas cuando ellos tenían trece años o menos. En un mundo en el que había pocas cosas por las que vivir o tener esperanza, la mayoría de las veces ni siquiera tenían que poner en práctica sus torpes artes de seducción.

Por lo tanto, antes de darse cuenta de qué estaba pasando, Ness estaba rodeada. El hecho de estar rodeada, no qué significaba estar rodeada, pareció empezar a despejarle la cabeza. Le metieron una pipa en la boca para que diera una calada, pero ya no quería.