Chandler, Raymond Tristezas de Bay City – 12 -
EL CABALLERO DE LA PRENSA
En Western Avenue di con una cabina y telefonee a la oficina del sheriff. Violets M’Gee seguia alli y estaba a punto de irse a su casa. -?Como se llama tu cunado, el que trabaja para el periodicucho de Bay City? -pregunte.
– Kincaid. Lo llaman Muneco Kincaid. Es un buen muchacho. -?Donde puede estar a esta hora?
– Suele estar en el ayuntamiento. Creo que hace la ronda de la policia.?Para que lo quieres?
– He visto a Matson -respondi-.?Sabes donde se hospeda?
– No. Solo me telefoneo.?Que tal te ha caido?
– Hare lo que pueda por el.?Estaras esta noche en tu casa?
– No veo por que no.?Por que me lo preguntas?
No respondi. Subi al coche y puse rumbo a Bay City. Llegue alrededor de las nueve. El departamento de policia ocupaba seis estancias del ayuntamiento, que pertenecia a una zona de mala muerte. Pase delante de un corro de lameculos y franquee una puerta abierta en direccion al sitio donde habia luz y un mostrador. En el angulo vi un tablero de intercambio de articulos entre periodicos y detras a un individuo de uniforme.
Apoye un brazo en el mostrador y un tio vestido de paisano, sin chaqueta y con una sobaquera que tenia el tamano de una pata de palo aparto un ojo del periodico, me pregunto que queria y acerto en la escupidera sin girar la cabeza mas de tres centimetros.
– Busco a Muneco Kincaid.
– Ha salido a cenar. Yo lo reemplazo -respondio con voz firme y ecuanime.
– Gracias.?Hay aqui sala de prensa?
– Si. Tambien tenemos lavabo,?quiere verlo?
– Vayamos despacio -propuse-. No pretendo pasarme de listo en su ciudad. Volvio a darle a la escupidera.
– La sala de prensa esta pasillo abajo, pero no hay nadie. Muneco no tardara mucho, a menos que se haya ahogado en una gaseosa.
Un joven de huesos pequenos, rostro delicado, piel sonrosada y expresion de inocencia entro en la sala, con un bocadillo de hamburguesa a medio comer en la mano izquierda. Su sombrero, igual al de un periodista de pelicula, estaba encajado en la coronilla de su cabeza pequena y rubia. Llevaba desabrochado el boton del cuello de la camisa y la corbata girada hacia un lado. Las puntas le colgaban sobre la chaqueta. La unica pega era que le faltaba estar borracho para representar a un periodista cinematografico. Pregunto con desenfado:
– Chicos,?hay alguna novedad? El fornido hombre de paisano, de pelo negro, volvio a darle a su escupidera personal y replico:
– Me han dicho que el alcalde se cambio los calzoncillos, pero no es mas que un rumor -el joven menudo sonrio mecanicamente y se dio la vuelta. El poli anadio-: Muneco, este tio quiere verte.
Kincaid trago un bocado de hamburguesa y me miro ilusionado.
– Soy amigo de Violets -dije-.?Donde podemos hablar?
– Vayamos a la sala de prensa.
El poli de pelo negro me observo mientras saliamos. Puso cara de que tenia ganas de incordiar y de que yo era un buen candidato.
Caminamos por el pasillo hacia el fondo y entramos en una habitacion que contenia una mesa larga, vacia y muy aranada, tres o cuatro sillas de madera y un monton de periodicos en Chandler, Raymond Tristezas de Bay City – 13 – el suelo. En un extremo de la mesa habia dos telefonos y en el centro exacto de cada pared una foto cochambrosa y enmarcada de Washington, Lincoln, Horace Greeley y la cuarta no la reconoci. Kincaid cerro la puerta, se sento en una punta de la mesa, apoyo una pierna sobre el tablero y acabo el bocadillo.
– Soy John Dalmas, detective privado de Los Angeles -le explique-.?Que tal si damos un paseo hasta el setecientos treinta y seis de Altair Street y me dice lo que sabe del caso Austrian? Quiza sea mejor que telefonee a M’Gee y le pida que nos presente -le entregue mi tarjeta.
El joven sonrosado quito rapidamente la pierna de la mesa, se guardo la tarjeta en el bolsillo sin mirarla y me hablo al oido:
– Calle.
Se acerco despacio a la foto enmarcada de Horace Greeley, la aparto de la pared y apreto un cuadrado de pintura. Este cedio…, pues era tela pintada. Kincaid me miro y enarco las cejas, Asenti con la cabeza. Dejo la foto en su sitio y regreso a mi lado.
– Hay un microfono -dijo en voz baja-. No se quien escucha ni cuando, ni siquiera si el maldito aparato funciona o no.
– A Horace Greeley le habria encantado -opine.
– Seguro. Esta noche todo esta muy tranquilo. Supongo que puedo salir. De todos modos Al de Spain me cubrira. -Hablo con tono normal. -?El poli de pelo negro?
– El mismo. -?Por que esta tan enfadado?
– Porque lo han degradado a policia de patrulla interino. Esta noche ni siquiera trabaja. Se limita a estar aqui y es tan violento que haria falta todo el departamento de policia para echarlo.
Mire hacia el microfono y frunci el ceno.
– No se preocupe -dijo Kincaid-. Tengo que darles algo para que piensen.
Se acerco a un sucio lavabo del rincon, se lavo las manos con jabon y se las seco con el panuelo. Estaba guardandolo cuando se abrio la puerta. Un hombre pequeno, maduro y canoso se detuvo en el umbral y nos miro inexpresivamente.
– Buenas noches, jefe,?que puedo hacer por usted? -pregunto Muneco Kincaid.
El jefe me observo en silencio y sin entusiasmo. Tenia los ojos color verde mar, la boca apretada y firme, nariz de huron y un malsano color de piel. No tenia pinta de policia. Asintio ligeramente con la cabeza y pregunto: -?Quien es su amigo?
– Es amigo de mi cunado.. Es detective privado en Los Angeles. Veamos… -desesperado, Kincaid busco mi tarjeta, que habia guardado en el bolsillo. Ni siquiera se acordaba de mi nombre. -?Como ha dicho? -pregunto el jefe bruscamente-.?Es detective privado??Que asunto lo trae por aqui?
– Yo no he dicho que este aqui por un asunto concreto -dije.
– Me alegro -replico-. Me alegro mucho. Buenas noches.
Abrio la puerta, salio deprisa y dio un portazo.
– Es el jefe Anders, un tio maravilloso -afirmo Kincaid a gritos-. No se puede pedir nada mejor.
El joven me miro con cara de conejo asustado.
– En Bay City nunca han tenido nada mejor -respondi con el mismo vigor.
Por mi cabeza se cruzo la idea de que Kincaid se iba a desmayar, pero no paso nada.
Salimos por la puerta principal del ayuntamiento, subimos a mi coche y nos fuimos.
Estacione en Altair Street, frente a la residencia del doctor Leland Austrian. No habia viento y bajo la luna se percibia una ligera bruma. Un ligero y agradable olor a agua salobre y a algas subia por el acantilado desde la playa. Pequenas luces de posicion iluminaban el Chandler, Raymond Tristezas de Bay City – 14 – puerto deportivo y las lineas tremulas de los tres muelles. Mar adentro, un gran barco pesquero tenia luces colgadas de los mastiles y de los topes de los palos las hileras luminosas bajaban hasta la proa y la popa. Probablemente en cubierta se dedicaban a otras cosas que no eran la pesca.
En esa manzana, Altair Street era un callejon sin salida, quedaba interrumpida por una elevada y decorativa verja de hierro que rodeaba una enorme mansion. Las casas solo se alzaban en la acera que daba a tierra, en solares de veinticinco o treinta metros, bastante distanciados entre si. Del lado del mar habia una acera estrecha y un muro bajo, mas alla del cual el acantilado caia casi a pico.
Muneco Kincaid estaba arrinconado en el asiento y la colilla roja del cigarrillo brillaba intermitentemente delante de su cara menuda y desdibujada. La casa de los Austrian estaba a oscuras salvo por la pequena luz situada sobre el reborde en el que se encontraba la puerta principal. Era una casa de estuco, con muro en el jardin delantero, puertas de hierro y el garaje adosado al muro. Una senda de cemento iba desde la puerta lateral del garaje hasta la de servicio de la casa. En el muro, junto a las puertas, estaba atornillada una placa de bronce y supe que decia: Leland M. Austrian, medico.