De un maletín abierto en el asiento contiguo el doctor sacó una compresa de gasa que momentos antes había empapado en cloruro de etilo. Apretó la compresa contra la boca y la nariz de Jessica, y la mantuvo un momento. Los ojos de Jessica se cerraron al instante, su cuerpo se aflojó y perdió el conocimiento. Baudelio profirió un gruñido de satisfacción, aun a sabiendas de que los efectos del fármaco durarían apenas cinco minutos.
Entretanto, acababan de meter a Nicholas, que también se debatía, en el vehículo. Carlos le sujetó mientras recibía el mismo tratamiento.
Baudelio, sin perder un momento, cortó con unas tijeras la manga del vestido de Jessica y luego le inyectó el contenido de una jeringuilla hipodérmica en el brazo. Era Midazolam, un fuerte sedante que la mantendría inconsciente durante una hora por lo menos. Luego puso al niño una inyección similar.
Mientras tanto, Miguel había arrastrado a Angus, inconsciente, hasta la portezuela de la furgoneta. Rafael, libre ya de Jessica, se bajó de un salto y sacó su pistola, una automática Browning. Le quitó el seguro, apremiando a Migueclass="underline"
– ¡Déjame que lo liquide!
– ¡No, aquí no!
Toda la operación de coger a la mujer y al niño se había desarrollado con increíble celeridad, en menos de un minuto. Sorprendentemente, parecía que nadie había presenciado el suceso; ello se debía a que estaban protegidos por el escudo de los dos vehículos y por fortuna no había pasado nadie. Miguel, Carlos, Rafael y Luis iban armados y había un subfusil ametrallador Beretta en la furgoneta por si tenían que escapar del aparcamiento a tiros. Tal y como iba todo, podían largarse sin disparar un tiro y coger una buena delantera antes de que se emprendiera una persecución. Pero si dejaban allí al viejo -cuya cabeza sangraba profusamente, dejando trazas de sangre en el suelo- darían en seguida la alarma. Tomando una decisión, Miguel ordenó:
– Ayúdame a subirlo.
Lo realizaron en cuestión de segundos. Luego, al meterse en la furgoneta y cerrar la portezuela lateral, Miguel vio que se equivocaba respecto a la ausencia de testigos. Entre dos coches a unos veinte metros, una anciana con el pelo blanco y un bastón les estaba observando. Parecía extrañada y desconcertada.
Mientras Luis arrancaba la Nissan, Rafael también descubrió a la anciana. En un solo movimiento, cogió el fusil ametrallador, lo empuñó y empezó a apuntar por la ventanilla trasera.
– ¡No! -le gritó Miguel.
No es que le diera pena la viejecita, pero parecían tener muchas probabilidades de salir de allí sin sembrar la alarma. Dio un empellón a Rafael y adoptó una expresión despreocupada:
– No se alarme -gritó Miguel por la ventanilla-. Estamos rodando una película…
Advirtió el alivio y una sonrisa incipiente en el rostro de la mujer. Después abandonaron el aparcamiento y no tardaron en salir de Larchmont. Luis conducía con pericia, sin perder tiempo. A los cinco minutos estaban en la autopista de Nueva Inglaterra, la interestatal 95, en dirección hacia el sur, a gran velocidad.
12
En su día, Priscilla Rhea había poseído una de las mentes más agudas de Larchmont. Fue la maestra de escuela que machacó a varias generaciones de jóvenes de la zona los fundamentos de la raíz cuadrada, la ecuación de segundo grado y el modo de descubrir -ella siempre hacía que sonara como la búsqueda del Santo Grial- los valores algebraicos de x e y. Priscilla también les inculcaba que nunca eludieran sus responsabilidades cívicas y sus deberes.
Pero todo aquello fue antes de que Priscilla se jubilara, hacía catorce años, y antes de que el peso de los años y la inactividad le agarrotaran el cuerpo y luego el cerebro. Actualmente, frágil, con el pelo blanco, caminaba despacio apoyándose en un bastón, y recientemente había calificado con disgusto la velocidad de sus procesos mentales como «la de un burro de tres patas caminando cuesta arriba».
No obstante, Priscilla estaba ejercitando sus procesos mentales lo mejor que podía.
Había visto meter a dos personas -una mujer y un niño-, al parecer contra su voluntad, en lo que parecía un microbús. Desde luego, ellos se debatían y Priscilla pensó que había oído gritar a la mujer, aunque no estaba demasiado segura de esto, porque había disminuido su audición, al mismo tiempo que todo lo demás. Luego, otra persona, un hombre que parecía inconsciente y herido, fue izado al mismo microbús, antes de que éste emprendiera la marcha.
Su natural ansiedad al ver todo eso fue inmediatamente aliviada cuando le informaron a voces de que aquello formaba parte de una película. Aquello tenía sentido. Hoy en día, aparecían equipos de televisión y de rodaje por todas partes, filmando sus historias en escenarios naturales y entrevistando a la gente en la calle para los noticiarios televisados.
Pero después, cuando el microbús se fue, Priscilla buscó a su alrededor las cámaras y toda la gente que debiera haber rodado el suceso que ella había presenciado, pero no encontró a nadie. Razonó que si hubiera habido un equipo de rodaje, era imposible que hubiera desaparecido con tanta rapidez.
Todo aquello era muy confuso, y Priscilla habría preferido no verlo, en parte porque sabía que tal vez se había hecho un lío, como le pasaba algunas veces. Lo más sensato que podía hacer, se dijo, era entrar en el supermercado, hacer su compra y ocuparse de sus asuntos. Pero daba igual, su credo de toda la vida de no eludir responsabilidades le impedía actuar así en ese momento. Deseaba tener a alguien a mano para pedirle consejo, por lo menos, y justo en ese instante vio a Erica McLean, una antigua alumna suya, encaminándose al supermercado.
Erica, a la sazón una atareada madre de familia, tenía mucha prisa, pero se detuvo a saludarla cortésmente:
– ¿Como está usted, señorita Rhea?
(Ninguno de los alumnos de la señorita Rhea se habría atrevido nunca a saludarla por su nombre de pila.)
– Un poco desconcertada, querida -contestó Priscilla.
– ¿Por qué, señorita Rhea?
– Es que acabo de ver algo… Pero no estoy segura de lo que he visto. Me gustaría que me dieras tu opinión. Entonces Priscilla le describió la escena.
– ¿Y está usted segura de que no había nadie rodando?
– Yo no he visto a nadie. Y tú, ¿has visto a alguien al llegar?
– No.
Erica McLean suspiró para sus adentros. No tenía la menor duda de que su vieja y querida profesora había sufrido alguna clase de alucinación, y también era mala suerte llegar justo en ese momento y que la involucrara. Bueno, no podía dejar en la estacada a la anciana, por quien sentía auténtico cariño, así que decidió olvidarse de las prisas y echarle una mano.
– ¿Dónde ha sucedido todo? -preguntó Erica.
– Allí.
Priscilla señaló la plaza vacía junto al Volvo familiar de Jessica. Ambas se dirigieron hacia allá.
– ¡Aquí! -dijo Priscilla-. Aquí era.
Erica miró a su alrededor. No esperaba encontrar nada de particular, y no lo encontró. Pero cuando estaba a punto de dar media vuelta, advirtió una serie de gotitas de líquido en el suelo. Contra la superficie asfaltada del aparcamiento, el líquido parecía marrón oscuro. Probablemente sería aceite. ¿Lo era? Con curiosidad, Erica se agachó a tocarlo. Un segundo después se contemplaba horrorizada las yemas de los dedos. Sin lugar a dudas, era sangre, todavía tibia.
Aquélla era una mañana tranquila en la comisaría de policía de Larchmont, que tenía una dotación pequeña pero eficiente. Un oficial de uniforme estaba tomando café en su despacho acristalado, hojeando el Sound View News, el periódico local, cuando recibió una llamada desde la cabina telefónica de la esquina de Boston Post Road, casi frente al supermercado.
Primero se puso Erica McLean. Después de identificarse dijo: