– Bueno, ¿qué? -dijo Tzilla cuando llegó el café-. ¿Contáis conmigo o no?
– Contamos contigo -respondió Michael, sin prestar atención al gesto preocupado de Eli- con la condición de que hagas exactamente lo que se te diga y no emprendas actividades fuera del despacho sin que te lo pidan. Quiero convertirme en un auténtico padrino. Y esta vez no podrás quejarte de ser una simple coordinadora, porque vas a serlo por prescripción facultativa -miró a Eli por el rabillo del ojo y luego entregó a Tzilla la lista de profesores del Departamento de Literatura. Se formarían una idea del estilo de vida de Tirosh a partir de sus testimonios-. Y, tal vez -añadió dubitativo-, también del de Dudai. Tengo la impresión de que los dos casos están relacionados, es como si no lograra hacerme una idea de la situación a pesar de tenerlo todo delante de las narices.
– Es demasiado pronto para formarse una idea de la situación -apuntó Balilty, y eructó.
Al final trazaron un plan de trabajo. Balilty se haría cargo de la recogida de información confidencial.
– Y no estés tres días desaparecido -le advirtió Tzilla-. Mañana te pasas por la oficina a última hora y vienes a verme.
Decidieron a quiénes interrogarían a primera hora de la mañana y Michael y Eli se dividieron esa labor entre ambos.
– Así que ¿no hace falta que nos reunamos hasta pasado mañana? -preguntó Tzilla una hora después de medianoche, con el restaurante a punto de cerrar. Michael indicó que tendrían que programar una reunión para el día siguiente:
– Aunque sea de madrugada, para planear los interrogatorios del miércoles en función de la información que hayamos recogido hoy.
Y después de dejar a Eli y a Tzilla a la puerta de su pequeño apartamento de Nachlaot, volvió a Givat Mordechai, donde vivía.
El piso olía a cerrado. Abrió las ventanas de par en par y aspiró la brisa fresca que se había llevado el calor de toda una semana de calima. Calculó que le quedaban unas cuatro horas de sueño y rememoró la cara y los ojos apagados de Tuvia Shai, a quien vería a la mañana siguiente. Aún quedaban huellas del aroma de Maya entre sus sábanas, pero fue la figura de Adina Lipkin, la secretaria del departamento, quien apareció ante sus ojos, y en sus oídos resonó la voz de Adina, declamando una frase totalmente fuera de lugar en su boca: «Treinta y dos años bajo Tus cielos son suficientes para que una persona inteligente juzgue la calidad de Tu misericordia», fue lo que oyó antes de dormirse.
7
Racheli miró al hombre de piel oscura sentado frente a ella; sus dedos largos e inquietos, que jugueteaban con el bolígrafo y el paquete de tabaco, las mejillas bien afeitadas y los marcados pómulos; y, por fin, haciendo acopio de valor, lo miró directamente a los ojos oscuros y profundos, que no le quitaban la vista de encima. Pero no fue más que un segundo, luego volvió a contemplar la escueta habitación, el viejo escritorio de madera, las dos sillas, el armario metálico, la ventana que daba a un patio de la comisaría del barrio ruso, y una vez más dirigió la mirada hacia los ojos castaño oscuro que la observaban de hito en hito.
Era muy consciente de su situación de privilegio. La habían elegido entre todos para ser la primera. Él la había llamado, este hombre alto con hilos de plata en el pelo, a ella precisamente, y no sabía por qué.
Adina Lipkin palideció, a punto de quejarse, cuando indicaron a Racheli que entrara en el despacho, pero él fingió no advertir su enfado. El profesor Shai no se movió ni cambió de expresión. Cuando poco antes de que dieran las ocho Racheli llegó al Departamento de Investigación Criminal del barrio ruso, siguiendo las instrucciones recibidas por teléfono la noche anterior, Tuvia y Adina ya esperaban en la antesala, en sendas e inestables sillas de madera. «Como pacientes en la consulta del médico», pensó Racheli, «o estudiantes aguardando los resultados de un examen decisivo». Tuvia Shai tenía el aspecto de quien se ha resignado a lo peor.
Racheli logró echar un vistazo a su reloj a escondidas del hombre que tenía enfrente. Sólo llevaba allí un minuto, aún no habían pronunciado una sola palabra y un súbito pánico se apoderó de ella ante la idea de que iban a acusarla como a Joseph K., el personaje de Kafka, y al mismo tiempo la dominó la incertidumbre: quién sabe si en realidad no había hecho algo malo. El hombre alto le ofreció el paquete de cigarrillos y ella lo rechazó con un gesto. La garganta se le resecó aún más y comenzaron a temblarle las manos.
Luego él rompió a hablar. Tenía la voz queda, apacible. En primer lugar se informó sobre su trabajo en la secretaría del departamento, sobre lo que hacía fuera del trabajo y sobre su familia.
Ella se sorprendió respondiéndole para agradarle. Echó otra ojeada furtiva al reloj; habían pasado cinco minutos y él ya lo sabía todo. Que estudiaba psicología, que vivía en la calle Bnei Brith, con una compañera de piso, que había roto con su novio, e incluso que sus padres ansiaban verla felizmente casada a su «avanzada edad». Él sonrió ante aquella expresión y asintió, como si sus padres también hubieran sido así. Ella se preguntó si estaría casado. No llevaba anillo, pero Racheli ya sabía, a sus veinticuatro años, que no todos los hombres casados llevan anillo.
Sin saber cómo, comenzaron a hablar de Tirosh y del departamento. Él había manejado la situación de tal manera que, en breves segundos, Racheli se lanzó a contarle todo lo referente a Adina Lipkin. Él la escuchaba con atención, eso se veía, estaba interesado de verdad en la descripción de sus problemas, y también estaba realmente interesado en sus observaciones sobre los profesores. No le preguntó nada sobre sus relaciones con Tirosh, limitándose a pedirle que le describiera su personalidad tal como ella la veía.
Racheli se sentía traspasada por los ojos oscuros del policía, hechizada por su dulce voz, y fue a ellos a quienes respondió:
– Tenía mucho encanto. Nunca he conocido a nadie como él. He sido una admiradora de su poesía desde mis años de instituto, y me emocionó muchísimo conocerlo. Qué buena facha tenía, y no había tema sobre el que no estuviera bien informado, todo el mundo lo admiraba. Pero no me habría gustado llegar a tener confianza con él.
Mientras hablaba, sentía que el policía aprobaba sus palabras, estaba de acuerdo con ella, por eso no vaciló cuando le preguntó: «¿Por qué?». Se notaba que realmente quería saber por qué a ella, Racheli Luria, no le habría agradado llegar a tener confianza con Shaul Tirosh, así que respondió sin pensárselo dos veces:
– Me asustaba. Me daba miedo.
Con el mismo tono de interés, él preguntó:
– ¿En qué sentido?
– Había algo deshonesto en él -replicó Racheli, azorada-, pero no es más que una impresión; en realidad, no quería decir deshonesto, sino falso, hipócrita. No habría podido confiar en él. A veces lo veía lanzando miraditas lánguidas a alguien, en plan de ligue, pero nunca se podía saber, yo nunca sabía si eran sinceras.