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El teniente debió de intuir mi reacción por la expresión de mi rostro.

—¿Algún problema, Audran? —preguntó.

—Si lo tuviera ¿existe alguna posibilidad de que cambies de opinión?

—Ni la más mínima —dijo Hajjar.

—Ya lo sabía.

Hajjar volvió a dirigir la mirada hacia su ordenador.

—Preséntate a Catavina. Quiero oír buenas noticias muy pronto. Pararle los pies a esa mierda, habrá recompensas para ambos.

—Me pondré manos a la obra ahora mismo, teniente.

Me impresionó la astucia de Hajjar. Arteramente me había alejado de Abu Adil y Jawarski encomendándome una investigación que llevaría un montón de tiempo pero perfectamente válida. Debía encontrar el modo de cumplir mis misiones oficiales y mis propósitos particulares.

Hajjar ya no me prestó más atención, así que salí de su despacho. Busqué al sargento Catavina. Prefería pasar de él, pero eso no sería posible.

Tampoco a Catavina le emocionaba ser mi compañero.

—Ya he hablado con Hajjar —me dijo, mientras bajábamos al garaje a buscar el coche patrulla de Catavina.

Catavina intentaba brindarme la ayuda de su experiencia de todos esos años en un discurso inconexo.

—No eres un buen policía —dijo con voz sombría—. Nunca lo serás. No quiero que me jodas como jodiste a Shaknahyi.

—¿Qué significa eso, Catavina? —le pregunté.

Se volvió hacia mí y me miró con los ojos muy abiertos.

—Imagínatelo. Si hubieras sabido lo que hacías, Shaknahyi aún estaría vivo y yo no tendría que llevarte de la mano. Aléjate de mi camino y haz lo que yo te diga.

Era una maldita locura, pero no dije nada. Planeaba apartarme de su camino. Pensé que tenía que deshacerme de Catavina si quería hacer algún progreso.

Subimos al coche patrulla y no me dijo nada en un buen rato. Por mi encantado. Pensé que se dirigía al barrio donde On Cheung fue visto por última vez. Quizás pudiéramos averiguar algo útil entrevistando a esa gente otra vez, aunque hubieran sido tan reacios a cooperar.

Sin embargo, ése no era su plan. Nos dirigimos hacia el oeste, en dirección contraria. Circulamos casi dos kilómetros y medio por una zona de angostas y serpenteantes calles y callejas. Por fin, Catavina aparcó frente a un edificio de aspecto ruinoso, el edificio más alto de la manzana. Las ventanas de la planta baja habían sido tapadas con madera contrachapada y la puerta principal del zaguán había sido arrancada de las bisagras. Por dentro y por fuera las paredes estaban llenas de nombres y divisas pintadas con spray. El vestíbulo apestaba, llevaba mucho tiempo sirviendo de water. Mientras caminábamos hacia el ascensor, los cristales crujían bajo nuestras botas. Una gruesa capa de polvo y arena cubría todo.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —pregunté.

—Ya lo verás —respondió Catavina.

Apretó el botón del ascensor. Cuando llegó, yo dudaba en subir. Las condiciones del edificio no me inspiraban ninguna confianza de que los cables sostuvieran nuestro peso. Cuando el ascensor preguntó a qué piso deseábamos ir, Catavina murmuró: «Octavo».

Nos miramos mientras la puerta se cerraba. Subimos en silencio, el único ruido procedía del roce del ascensor abriéndose paso hacia lo alto.

Bajamos en el octavo y Catavina me guió por el oscuro pasillo hasta la habitación 814. Sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta.

—¿Qué es esto? —pregunté, siguiéndole al interior.

—Una salita de recreo para oficiales de policía —repuso.

Había una gran sala de estar, una pequeña cocina y un baño. No tenía muchos muebles, una mesa barata y seis sillas en la sala de estar junto a un sofá roñoso de vinilo negro, un pequeño aparato holo y cuatro catres plegables. En dos de los catres dormían policías uniformados. Reconocí a dos de ellos pero no conocía sus nombres. Catavina se dejó caer pesadamente sobre el sofá y me miró.

—¿Quieres una copa? —me preguntó.

—No.

—Entonces tráeme un whiskey. El hielo está en la cocina.

Fui a la cocina y encontré una colección de botellas de licor.

Metí unos cuantos cubitos de hielo en un vaso y serví tres dedos del fuerte licor japonés.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —pregunté, pensando en el lema del departamento—, ¿proteger o servir?

Llevé la bebida a la sala de estar y se la ofrecí a Catavina.

—Tú estás sirviendo —dijo con un gruñido—. Yo estoy protegiendo.

Me senté en una de las sillas plegables y le miré; vi como se tragaba la mitad del whiskey japonés de un trago.

—¿Protegiendo qué?

Catavina me sonrió con desdén.

—Protegiéndome el culo, eso es. Mientras estoy aquí seguro que no me disparan.

Eché una ojeada a los dos policías dormidos.

—¿Se van a quedar aquí mucho rato?

—Hasta que acabe el turno —me dijo.

—¿Te importa si me llevo el coche y hago algún trabajo mientras tanto?

El sargento me miró por encima del borde de su vaso.

—¿Por qué demonios quieres hacerlo?

Me encogí de hombros.

—Shaknahyi nunca me dejaba conducir.

Catavina me miró como si estuviera loco.

—Claro que sí, pero no lo estrelles. —Hurgó en su bolsillo, pilló las llaves del coche y me las arrojó—. Será mejor que vuelvas a buscarme a las cinco en punto.

—De acuerdo, sargento.

Le dejé mirando el aparato de holo que ni siquiera estaba encendido. Bajé en ascensor hasta el cochambroso zaguán, preguntándome qué iba a hacer a continuación. Me sentía en la obligación de encontrar algo que me condujera hasta On Cheung, pero en cambio era Jirji Shaknahyi quien ocupaba mi mente.

Su funeral había sido el día antes y por un momento pensé en quedarme en casa. Por un lado no sabía si estaba emocionalmente preparado para afrontarlo, por otro aún me sentía algo responsable de su muerte y no me creía con derecho a asistir. No quería encontrarme cara a cara con Indihar y los niños en esas circunstancias. Sin embargo, el miércoles por la mañana acudí a la pequeña mezquita cercana a la comisaría donde tenía lugar el funeral.

En el servicio fúnebre sólo se permite participar a los hombres. Me quité los zapatos y realicé las abluciones rituales, luego entré en la mezquita y me senté cerca de la salida. Me dio la impresión de que un montón de policías entre la multitud me miraban con semblantes vengativos. Aún era un extraño para ellos y a sus ojos bien podía haber apretado el gatillo del arma que mató a Shaknahyi.

Rezamos y luego un anciano imán de barba gris pronunció un sermón y un panegírico, incluyendo algunas vacuas trivialidades sobre el esfuerzo y el valor. Nada de eso hizo que me sintiera mejor. Me arrepentí de haber asistido al servicio religioso.

Entonces nos levantamos y salimos de la mezquita. A no ser por el canto de algunos pájaros y el ladrido de unos perros, todo estaba sobrenaturalmente silencioso. El sol ardía en lo alto de un cielo sin nubes. Una ligera y trémula brisa agitaba las polvorientas hojas de los árboles, pero el aire era demasiado cálido para respirar. El olor a leche agria fluía como una neblina ácida sobre los callejones empedrados. El día era demasiado opresivo como para prolongar mucho cualquier asunto. Estoy seguro de que Shaknahyi tenía muchos amigos, pero en aquel momento no deseaban más que acompañarlo a la tumba y darle sepultura cuanto antes.

Indihar presidía la procesión desde la mezquita hasta el cementerio. Llevaba un vestido negro con el rostro velado y el cabello cubierto por un pañuelo negro. Debía de contenerse. Los tres niños caminaban a su lado, con expresiones de perplejidad y desolación. Chiri me había contado que Indihar no tenía bastante dinero para pagar una tumba en el cementerio de Haffe al-Khala, donde los padres de Shaknahyi estaban enterrados, y no quiso aceptar un préstamo. Shaknahyi descansaría en una pobre sepultura en el cementerio del extremo oeste del Budayén. Seguí a Indihar, a mucha distancia, mientras cruzaba el bulevar il-Jameel y atravesaba la puerta este. La gente del barrio y los turistas extranjeros salieron a la Calle y miraban desde las aceras el paso del cortejo fúnebre. La gente lloraba y susurraba plegarias. No había modo de decir si esa gente conocía al difunto. Probablemente para ellos eso no cambiaba nada.