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– Dijo que no quería hablar con usted. Tuve que obedecer.

– No es el procedimiento.

– Usted se pasa los procedimientos por el forro.

– Ahora no. Y el procedimiento dice que este arresto es prematuro y no motivado. Hay las mismas razones para seguir al hijo Vaudel, o a algún miembro de la familia del pintor. Retancourt, ¿cómo es esa familia?

– Como un bloque soldado, devastado, obnubilado por la revancha. La madre se mató siete meses después de su hijo. El padre es mecánico, los otros dos hijos están en las carreteras, uno con camiones, otro en la Legión.

– ¿Qué dice de esto, Mordent? Vale la pena echar una ojeada, ¿no? ¿Y Pierre hijo desheredado? ¿No cree que también estaba al corriente? ¿Qué mejor que hacer que acusen a Émile y quedarse con la herencia entera? ¿Se lo ha dicho al inspector de división?

– No tenía la información. Y la opinión del juez es terminante. Los antecedentes de Émile Feuillant pesan más que un burro muerto.

– ¿Desde cuándo se lanza un arresto basándose en una simple opinión? Sin esperar los análisis del laboratorio, sin ningún elemento material…

– Tenemos dos elementos materiales.

– Perfecto. Acepto ser informado. Retancourt, ¿los conoce?

Retancourt raspó el suelo con el pie, dispersando gravilla como un animal irritado. La teniente presentaba una carencia en sus cualidades fuera de normas: no estaba dotada para las relaciones sociales. Una situación ambigua, delicada, que exigiera reacciones sutiles o artificios, la dejaba incompetente e inerme.

– ¿Qué coño pasa, Mordent? -preguntó con voz ronca-. ¿Desde cuándo la justicia tiene tanta prisa? ¿Quién la apremia?

– Ni idea. Yo obedezco, eso es todo.

– Obedece demasiado -dijo Adamsberg-. ¿Los dos elementos?

Mordent alzó la cabeza. Émile se hacía olvidar, tratando de prender fuego a una ramita.

– Hemos contactado la residencia de ancianos donde vive la madre de Émile Feuillant.

– No es una residencia donde se vive -gruñó Émile-. Es un asilo donde se palma.

Émile soplaba ahora en la brasilla que había encendido al extremo de la ramita. Madera demasiado verde, notó Adamsberg, no prenderá.

– La directora lo confirma: hace al menos cuatro meses que Émile dijo a su madre que pronto irían a vivir a otro sitio juntos, y a todo plan. Todo el mundo lo sabe.

– Claro -dijo Émile-. Ya les he explicado que Vaudel me había predicho que sería rico. Se lo conté a mi madre; es normal, ¿no? ¿Tengo que repetir o qué? ¿Qué es esto, una guerra de nervios?

– Su explicación se tiene de pie -dijo tranquilamente Adamsberg-. ¿El segundo elemento, Mordent?

Esta vez, Mordent sonrió. Pisa firme, pensó Adamsberg, ataca al pez en el vientre. Mirándolo bien, Mordent tenía mala cara. Hundida, con violeta bajo los ojos hasta media mejilla.

– Hay estiércol de caballo en su camioneta.

– ¿Y qué? -dijo Émile dejando de soplar a la ramita.

– Hay cuatro pegotes de estiércol en la escena del crimen. El asesino lo llevaba en las botas.

– No tengo botas. No veo qué tiene que ver.

– Pues el juez sí lo ve.

Émile se había puesto de pie, había tirado la ramita, se había metido en el bolsillo el tabaco y las cerillas. Se mordía el labio con expresión súbitamente exhausta. Descorazonado, lamentable, inmóvil como un viejo cocodrilo. Demasiado inmóvil. ¿Acaso fue en ese momento cuando Adamsberg lo comprendió? Nunca tuvo la respuesta exacta. Lo que supo sin duda alguna es que se había apartado, alejándose de Émile, despejando espacio como para dejarle el terreno libre. Y Émile se disparó, precisamente con la rapidez irreal de un cocodrilo, tal que uno no tiene tiempo siquiera de ver el movimiento de ataque. Antes de poder contarlo, el reptil ha atrapado al ñu por el muslo. Antes de poder contarlo, Mordent y Retancourt estaban en el suelo, y resultaba imposible saber dónde había golpeado Émile. Adamsberg le vio alejarse por la alameda, saltar un muro. Lo atisbo aún cruzando un jardín, todo ello a una velocidad prodigiosa que sólo Retancourt podía igualar. Pero la teniente llevaba retraso. Se levantaba sujetándose el vientre, y se precipitaba en pos del hombre, lanzando toda su masa para aumentar la rapidez, elevando sin problema sus ciento diez kilos para saltar el murete.

– Refuerzos inmediatos -llamó Adamsberg por radio-. Sospechoso huido oeste-suroeste. Rodear la zona.

Más tarde, pero nunca tuvo la respuesta exacta, se preguntó si había puesto convicción en su voz.

A sus pies, Mordent se sujetaba la entrepierna, emitiendo un quejido jadeante, dejando brotar las lágrimas. Por automatismo, Adamsberg se inclinó sobre él, le sacudió vagamente el hombro en señal de comprensión.

– Operación calamitosa, Mordent. No sé qué es lo que intenta usted hacer, pero la próxima vez hágalo mejor.

10

Sostenido por el comisario, Mordent cojeaba para reunirse con el resto del equipo. La teniente Froissy había relevado a Lamarre y enseguida se había ocupado del aprovisionamiento y de la instalación de la comida en la mesa del jardín. Se podía contar con Froissy, abastecía como en tiempos de guerra. Flaca, famélica, su obsesión por la comida la había conducido a instalar escondites repletos de alimentos en el seno de la Brigada. Se sospechaba que eran más numerosos que los escondites de vino del comandante Danglard. Había quien afirmaba que aún se encontraría comida dos siglos después, en los escondrijos disimulados en los recovecos del edificio, mientras que las botellas de Danglard llevarían mucho tiempo vacías.

El teniente Noël tenía su idea sobre Froissy. Noël era el miembro más brutal del equipo, vulgar con las mujeres, primitivo con los hombres, despectivo con los acusados. Creaba más problemas que bondades, pero Danglard consideraba necesaria su presencia y afirmaba que Noël catalizaba lo peor de lo que todo madero lleva dentro y que, de este modo, permitía a los demás ser mejores. Noël asumía su papel con complacencia. Pero, sorprendentemente, estaba mejor informado que cualquiera de los secretos íntimos de sus colegas. Ya fuera porque su manera rudimentaria de abordar a los demás rompiera los diques, o porque a uno no le diera vergüenza dejarle echar una ojeada a sus aguas turbias, dado que Noël era un especialista reconocido. Noël afirmaba, pues, que la falta de seguridad alimentaria de la teniente Froissy estaba relacionada con el hecho de que, siendo un bebé, su madre cayó sin conocimiento y la había dejado cuatro días sin amamantar. Que Froissy, resumía él con guasa, buscaba la mamada y la daba simultáneamente, sin ganar un solo kilo para sí.

Eran las tres de la tarde. Hubo que esperar hasta el tiempo de la saciedad para que la gente se animara y se informara de lo que había pasado fuera exactamente. Se sabía que Retancourt perseguía a un tipo -lo cual auguraba un mal futuro para el tipo-, escoltada por una brigada de Garches, tres coches y cuatro motos. Pero no mandaba noticias, y Adamsberg acababa de precisar que la teniente había despegado con más de tres minutos de retraso y un golpe en el plexo. Y que el tipo, Émile el Apaleador, once años de talego y ciento treinta y ocho combates oficiales, era capaz de escapar a Retancourt. Resumió sin dar detalles la discrepancia que lo había enfrentado a Mordent y había provocado la huida del sospechoso. A nadie se le pasó por la cabeza preguntar por qué Émile no había golpeado también al comisario, ni por qué Adamsberg no participaba en la persecución. Retancourt corría el doble de rápido que cualquier hombre de la Brigada, todos encontraban normal que la hubieran dejado ir sola. Mordent limpiaba su plato con una expresión sombría que se atribuía a su preocupación por el estado de sus testículos. En el expediente de Émile, recorrido rápidamente, a nadie se le había pasado por alto que el apaleador había aniquilado la virilidad de un piloto de carreras de un único codazo. Sólo esa pelea ya le había valido un año de cárcel y unos daños y perjuicios para los que era insolvente.