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– Tampoco quiero yo que se me acerque -dijo Adamsberg-. Sólo me puso el dedo aquí -señaló la nuca-, y al parecer había follón. «Caso interesante», dijo.

– En lenguaje médico significa que algo va mal.

– Sí.

– Mientras estés de acuerdo con el follón, no tienes de qué preocuparte.

– Lucio, supón por un segundo que eres Émile.

– De acuerdo -dijo Lucio, que nunca había oído hablar de Émile.

– Peleón, compulsivo, de cincuenta y tres años, razonable y derivante, salvado por un viejo maniaco que lo contrata como hombre de faena para cualquier tipo de trabajo, incluidas las partidas gigantescas de cinco en raya delante del fuego con sendos vasos de licor de guindas.

– No -dijo Lucio-, el licor de guindas me empalaga.

– Pero tú supón que eres Émile y que el viejo te sirve licor de guindas.

– Venga -dijo Lucio contrariado.

– Olvida el licor de guindas. Toma otra cosa, no tiene mucha importancia.

– De acuerdo.

– Supón que tu anciana madre esté en un hospicio y que tu perro esté en depósito en una granja porque has estado once años en el talego, y supón que todos los sábados tomes la camioneta para ir a ver al perro con carne de regalo.

– Momento, no visualizo la camioneta.

Lucio llenó los dos últimos vasos.

– Es azul, con los ángulos redondeados, la pintura apagada, la ventana de atrás tapada y con una escalera herrumbrosa en la baca.

– Ya la tengo.

– Supón que esperes el perro fuera, que salte la valla de la granja, que coma contigo y que pases una parte de la noche con el chucho en la parte trasera de la camioneta antes de irte a las cuatro de la madrugada.

– Momento, no visualizo el perro.

– ¿Y la madre? ¿La visualizas?

– Perfectamente.

– El perro es de pelo largo, blanco sucio con algunas manchas, orejas que cuelgan, pequeño como una pelota, bastardo de ojos grandes.

– Ya veo.

– Supón que el viejo maniaco haya sido asesinado y que te haya dejado una herencia en detrimento de su hijo. Eres rico. Supón que la pasma sospecha de ti y quiere arrestarte.

– No hay nada que suponer, me quieren arrestar.

– Sí, supón que machacas las pelotas a un madero, rompes una costilla a otro y te largas.

– Vale.

– ¿Qué haces con tu madre?

Lucio mamó el borde del vaso.

– No puedo ir, la pasma vigila el hospicio. Entonces le mando una carta para que no se preocupe.

– ¿Qué haces con el perro?

– ¿Saben dónde se aloja?

– No.

– Entonces voy a verlo para hablar con él, para tranquilizarlo, no sea que me vaya, que no se preocupe, que volveré.

– ¿Cuándo?

– ¿Cuándo volveré?

– No. ¿Cuándo vas a ver el perro?

– Pues enseguida. No sea que me cojan, tengo que avisar antes al perro. En cambio, mi madre… ¿conserva sus facultades?

– Sí.

– Muy bien. Entonces, si voy al talego, la pasma avisará a mi madre. En cambio, al perro no lo avisarán. Menudos son. A cuál peor. O sea que eso, lo de avisar al perro, me toca a mí hacerlo. Y lo antes posible.

Adamsberg pasó los dedos por el vientre velludo de Charme, vació su vaso en el de Lucio y se levantó, frotándose el culo del pantalón.

– Mira -dijo Lucio alzando su manaza-, si quieres ver a ese tipo solo antes de que haya visto al perro y antes de que el perro haya visto a los maderos, tienes que ponerte en camino ahora.

– No te he dicho que vaya a hacer eso.

– No, no me lo has dicho.

Adamsberg conducía lentamente, consciente de que el cansancio y el vino habían mermado sus recursos. Había apagado el móvil y el GPS, por si existiera algún policía igual de listo que Lucio, lo cual no era fácil, ni siquiera en los cuentos y leyendas de Mordent. Ningún plan preciso acerca de esa bestia parda que era Émile. Salvo lo que había resumido Lucio: llegar a Châteaudun antes de que la pasma llegara al perro. ¿Por qué? ¿Porque las boñigas eran diferentes? No. No sabía cuándo había dejado huir a Émile, suponiendo que lo hubiera hecho. ¿Entonces? ¿Porque Mordent se había cruzado en su camino como un búfalo? No, Mordent desvariaba, eso era todo. ¿Porque Émile era un buen tío? No, Émile no era un buen tío. ¿Porque Émile corría el riesgo de morir de hambre como una rata en la maleza por la estupidez de un madero deprimido? Quizá. Y llevarlo al talego, ¿acaso era mejor que la maleza?

Adamsberg no estaba muy dotado para las volutas que conllevaban los «quizá», mientras que a Danglard le encantaban hasta perder el equilibrio, atraído por el negro abismo de la anticipación. Adamsberg conducía hacia la granja, eso es todo, rezando por que nadie hubiera oído su conversación de esa mañana con Émile la bestia, con Émile el heredero, propietario en Carches y Vaucresson. Mientras Danglard se debatía en ese mismo momento en el túnel de la Mancha, embebido en champán, y todo porque se había preguntado, quizá, si un pirado había cortado los pies a su tío, a menos que se tratara de los pies de un primo de su tío, allí, en los montes lejanos. Mientras Mordent miraba fijamente los muros de la prisión de Fresnes y, maldita sea, ¿que se podía hacer con Mordent?

Adamsberg aparcó el coche en un arcén, a la sombra del bosque, e hizo los últimos quinientos metros a pie, avanzando despacio, tratando de localizar las cosas. La valla que saltaba el perro, pero ¿qué valla? Estuvo media hora dando vueltas alrededor de la granja -tres cuartos de leche, un cuarto de carne-, con las piernas cansadas, antes de encontrar la valla más probable. A lo lejos, otros perros ladraban al sentir que se aproximaba, y se pegó a un árbol, se quedó inmóvil, comprobó su bolsa y su arma. El aire olía a estiércol, lo cual lo reconfortó, como a todo ser humano. No dormirse, acechar, con la esperanza de que Lucio tuviera razón.

Un débil gemido, un pequeño lamento irregular llegaba a él con el viento tibio, más allá de la valla, posiblemente a unos cincuenta metros de allí. ¿Un animal atrapado? ¿Una rata en la maleza? ¿Una garduña? En cualquier caso, así de pequeño. Adamsberg se apoyó mejor contra el tronco, dobló las piernas, se balanceó suavemente para no dormirse, imaginó el trayecto de Émile desde Garches hasta allí en autostop, con camioneros poco escrupulosos con el aspecto del tipo si éste pagaba. Esa mañana, Émile llevaba por encima de su mono una cazadora ligera bastante grasienta, con las mangas todas deshilachadas. Volvió a ver las manos de Émile antes de recordar su frase. Sus dos manos frente a frente, con los dedos abiertos dibujando el volumen del perro. «Así de pequeño.» Adamsberg se enderezó y escuchó el lamento persistente. Así de pequeño. Su perro.

Progresando lentamente, se aproximó al lamento. A tres metros distinguió la pequeña masa blanca del perro, sus movimientos enloquecidos alrededor de un cuerpo.

– ¡Émile, mierda!

Adamsberg lo levantó por un hombro y aplicó sus dedos a la base del cuello. Latía. A través de las desgarraduras de la ropa, el perro lamía febrilmente el vientre del hombre, pasaba a su muslo, volvía a lamer, lanzaba su irrisorio quejido. Se interrumpió para observar a Adamsberg, emitió un gañido diferente que parecía decir: «Gracias por ayudarme, amigo». Y prosiguió su labor, arrancando tela del pantalón, lamiendo el muslo como si quisiera depositar en él la mayor cantidad posible de baba. Adamsberg encendió la linterna, iluminó el rostro de Émile, sudado y mugriento. Émile el Apaleador, caído, vencido, el dinero no hace la felicidad.

– No hables -ordenó Adamsberg.

Sosteniendo la cabeza con la izquierda, deslizó suavemente los dedos bajo la parte trasera del cráneo, lo exploró de arriba abajo, delante y detrás. No había herida.