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– He esperado hasta ahora para no interrumpir tu tra bajo -dijo Luke.

– A esta ahora podría estar durmiendo.

– No es cierto. A esta hora normalmente estábamos charlando y luego preparabas el chocolate. ¿Qué estás haciendo ahora?

– Estaba a punto de cerrar los libros e irme a la cama.

– Debiste haberte quedado aquí.

– No creo que hubiera sido una buena idea, Luke.

– Tienes razón -convino él, y Minnie supo que también recordaba la noche del último encuentro en el jardín.

– ¿Y tú qué tal estás?

– He acompañado a mamá al hospital para su revisión. Todo va bien. Y me han quitado las vendas.

– ¿Ha mejorado tu brazo?

– Bastante. Muy pronto estaré por ahí para volverte loca -dijo riendo. Minnie deseó preguntarle cuándo exactamente, pero no lo hizo-. Franco regresa a Los Ángeles este fin de semana. A propósito, a Hope le encantó la tarjeta que le enviaste.

– Quise agradecer su amabilidad y desearle lo mejor.

Cuado Minerva cortó la comunicación, la casa quedó en completo silencio. Entonces tomó la fotografía de Gianni y lo miró como solía hacerlo para invocar su presencia.

– ¿Qué voy a hacer ahora? Dímelo.

Los ojos del joven sonrieron como siempre, pero su mirada carecía de ese brillo que la invitaba a la amorosa conspiración que solían compartir.

– No sé qué hacer, estoy confundida. Nunca me había sucedido antes, ni siquiera contigo. Siempre supe lo que pensabas, pero ahora… -murmuró Minerva con los ojos cerrados.

Todo lo que pudo sentir fue la mano de Luke acariciando sus cabellos y el susurro de una promesa: «Estoy aquí».

Minnie abrió los ojos. El rostro de Gianni era el mismo de siempre. Pero allí sólo había una fotografía… y así sería para siempre. Entonces besó sus labios sobre el cristal y por primera vez notó que estaban fríos.

– Gracias por todo. Por todos estos años. Gracias, mi amor. Adiós.

Luego guardó la fotografía bajo llave en su escritorio.

Minnie veía a Netta diariamente y ella siempre la recibía con una sonrisa obstinada. Rehusaba admitir el fracaso de sus planes. Incluso una tarde la encontró examinando una revista especializada en vestidos de novia.

– Mira éste -dijo indicándole un elegante vestido con un velo blanco.

– No podría llevar ese traje blanco. Soy viuda.

– ¿Y qué? Tú te pondrás lo que quieras.

– Sólo si me fuera a casar, pero eso no va a suceder.

– Está escrito en tu destino. Y te casarás en la iglesia de Santa María del Trastevere.

– Veo que ya has elegido la iglesia y el vestido. Es una lástima que no haya un novio pero, ¿para qué preocuparse por un detalle insignificante?

– Eso te lo dejo a ti. En algo tendrás que colaborar.

Minerva la miró enfurecida, pero como Netta no le prestó atención decidió marcharse a su casa.

En la escalera se encontró con un hombre que miraba para todos lados, claramente perdido.

– ¿Puedo ayudarlo? -preguntó Minnie.

El hombre se volvió con una sonrisa que, sin saber por qué, le causó alarma.

Diez minutos más tarde, conocedora de lo peor, Minerva corrió escaleras abajo en busca de su coche y luego enfiló a Nápoles a toda prisa.

La familia había ido a despedir a Franco al aeropuerto y luego disfrutaron de una buena cena en la villa.

Más tarde, cuando los demás empezaron a recogerse y la casa quedó en silencio, Luke y Hope dieron un último paseo por el jardín.

– ¿Has pensado lo que vas a decirle a Minerva? -preguntó la madre.

– No tengo ni idea.

– Ya ha pasado casi una semana. No recuerdo haberte visto nunca tan indeciso.

– A veces pienso que le diré lo que sé, porque en el futuro no podría vivir con ese secreto. Pero luego pienso en el daño que le puede causar y entonces decido no decirle nada.

– ¿Aunque eso significara vivir con San Gianni el resto de tu vida? ¿Podrías hacerlo?

– No lo sé.

Habían llegado al pie de la escalinata que conducía a la puerta de la casa y Luke se detuvo a mirar unas luces que subían por la colina.

– ¿Qué sucede? -preguntó Hope.

– Me parece que se aproxima un vehículo. Y viene como un bólido -informó. Ambos se quedaron mirando las luces que se aproximaban a la villa-. ¿No es el coche de Minnie?

– Creo que sí -convino la madre sin poder ocultar el placer y la emoción en su voz.

El vehículo se detuvo bruscamente en el patio con un chirrido de frenos. Minnie bajó del coche y lo cerró de un portazo. Luego se acercó a Luke con los ojos anegados en llanto y una expresión que presagiaba el desastre.

– ¡Lo sabía! Nunca debí haber confiado en ti, pero me conmovió tu estado y bajé la guardia. Juro que nunca más en la vida me dejaré llevar por la compasión.

– Minnie, ¿quieres explicarme qué es todo esto, por favor? -preguntó cuando pudo recobrarse de la impresión.

– Te lo diré en dos palabras: ¡Eduardo Viccini! -disparó. El gesto desesperado con que Luke cerró los ojos y su gemido le dijeron a Minerva todo lo que necesitaba saber-. Conoces al hombre del que te hablo, ¿verdad?

– Sí, lo conozco. Y parece que tú también.

– Fue a verte esta tarde. Debiste haberle advertido que yo ignoraba la turbia jugada que ambos habéis tramado. Eres un mentiroso, un traidor y un hipócrita -exclamó sin parar de llorar.

– Minerva… -dijo Luke al tiempo que intentaba tomarle la mano.

– No te acerques -le advirtió ella con un gesto de rechazo-. Se suponía que yo tenía que ignorar que proyectabas traicionarnos a todos hasta que hubiera sido demasiado tarde, ¿verdad?

Dentro de la casa se produjeron discretos movimientos producidos por el resto de la familia, que se acercó sigilosamente a las ventanas para no perderse el altercado de la pareja. Los más interesados eran Pietro y Olympia que, tomados del brazo, contemplaban el último acto del drama que se desarrollaba en el patio bajo el cerco de luz que proyectaban las luces de la fachada. Hope había desaparecido discretamente entre las sombras.

– No te he traicionado. Ni a ti ni a nadie.

– Claro, se supone que vender la Residenza a una empresa de promoción inmobiliaria no es una traición.

– No lo he hecho.

– ¡No me mientas! -gritó-. Y ahora me vas a decir que nunca has oído hablar de Allerio Proprieta.

– He hecho algo más que oír hablar de esa empresa. La he creado yo. Yo soy Allerio Proprieta, con el respaldo financiero de Eduardo Viccini. Soy el jefe, pero necesito su financiación. Lo que estoy proyectando va a resultar muy costoso y no puedo hacerlo solo.

– Apostaría a que sí, empezando por echarnos a todos a la calle.

– No, te juro que no es así. Los que se quieran quedar pueden hacerlo. Tú misma has dicho que no puedo obligar a nadie a marcharse, y ni siquiera lo voy a intentar. Pero ofrecer una compensación a los inquilinos es otra cosa.

– Así que lo admites, ¿eh?

– No admito nada porque no he hecho nada incorrecto. Si alguien posee algo que a mí me interesa le ofreceré un precio justo. Esa persona es libre de rehusar, y si lo hace no habrá ningún problema. Y si acepta es porque también gana algo. A eso se le llama un intercambio justo.

– Algunos ya se están marchando. Debes de haberte esmerado para conseguirlo.

– ¿Te refieres a Mario, del número ocho? Le han ofrecido un buen trabajo en otro barrio de Roma y quiere vivir cerca de la empresa. Va a ganar un buen sueldo y necesita una casa más grande porque su mujer está embarazada.

– ¿Es una coincidencia que justo ahora le hayan ofrecido un buen trabajo?

– ¡De coincidencia nada! El puesto se lo debe a Viccini, que conoce a alguien que siempre busca personal con las habilidades de Mario. Ha conseguido el puesto de sus sueños. ¿Crees que se siente utilizado? Te puedo asegurar que no. Y además puedo citar una decena de casos de inquilinos que deseaban tener una casa propia pero carecían de fondos para pagar la entrada.