Выбрать главу

Sabía que Fox no era Alan. Sabía que no era la misma situación, pero…

– ¿Qué pasa? -preguntó él, mientras besaba su cuello.

– Fox, ¿tú quieres hacer el amor?

– Claro que sí. Contigo. Ahora mismo, si tú quieres.

– Yo quiero. En teoría.

– Me parece bien lo de la teoría -le aseguró él, sin dejar de besarla.

– Pero no quiero que esperes…

– ¿Esto es por lo que pasó la última vez? ¿No te gusta el sexo?

– No he dicho que no me gustara el sexo. Pero no soy una persona muy sexual, así que si esperabas algo escandaloso… además, apenas nos conocemos.

– Phoebe, tú me conoces mucho mejor que nadie… me guste a mí o no. Has atravesado mis defensas, has hecho que me rinda.

– Fox…

– Sé que esto está bien, A lo mejor es una locura, pero está bien. Aunque no puedo prometerte un futuro.

– No te lo estoy pidiendo.

– No eres tú. No tengo nada en contra de las relaciones serias. Pero mi vida ahora mismo…

– No te estoy pidiendo promesas de futuro -repitió Phoebe.

Él arrugó el ceño, como si estuviera dispuesto a mantener una seria discusión sobre el tema. Pero eso no iba a pasar. Sólo un tornado podría aplacar el fiero brillo de sus ojos.

– Así que no eres una persona muy sexual -dijo con tono paciente.

– No lo soy -dijo Phoebe.

Al menos, estaba decidida a no serlo.

– Muy bien. Vamos a llegar a un compromiso. Si hago algo que no te gusta, dímelo. ¿Te parece bien?

Como ella no contestó de inmediato, Fox fue directo al grano. De los besos en el cuello pasó a besar sus pechos, su ombligo, su vientre.

Después, tiró del pantalón de yoga. Ella no tuvo tiempo de prepararse, de pensar. Así que le bajó los vaqueros. Quería desesperadamente que Fox pensara que era una mujer buena. Una mujer responsable con la que se podía contar, a la que él podía respetar.

No tenía que amarla, pero necesitaba su respeto, eso era lo más importante.

Aunque su pasión también le importaba. Y mucho.

No recordaba haber sentido aquella excitación en toda su vida, aquella conexión con otra persona… no había forma de explicarlo. Pero era como si entendiera su dolor. Como si él entendiera el suyo. Rodaron por la alfombra bajo la suave luz de la lámpara y luego de nuevo entre las sombras. Era estupendo que viviera frugalmente porque no había muchos muebles con los que chocarse. Pero, para ser un hombre al que lo último que le hacía falta era otro moratón, Fox parecía poco preocupado por darse un golpe y sí muy interesado en besarla, en tocarla, en acariciarla.

Phoebe tenía miedos. Tenía serios miedos, pero estaba decidida a abandonarlos. Cuando se tumbó sobre ella, enredando las piernas en su cintura, no pudo hacer nada. Había alegría en sus ojos. Intensa frustración, un deseo increíble, pero también alegría. Esa alegría de vivir que sólo podía darte conectar con otra persona…

Phoebe cerró los ojos y levantó las caderas para recibirlo. Se acoplaban perfectamente, como un guante. Él dejó escapar un gruñido como un león liberado después de años de cautiverio en el zoo. Ella dejó escapar un gemido como una gatita feliz con su propio poder.

Por un momento se quedaron parados, como intentando grabar ese momento, mirándose a los ojos.

Y entonces se pusieron en marcha. Los dos moviéndose al mismo ritmo, un ritmo frenético, primitivo. Sus cuerpos estaban cubiertos de sudor. Un teléfono sonó en algún sitio, se oía el ruido de un coche en la calle, el ruido de la nevera…

Pero nada de eso estaba en su mundo. Phoebe se agarró a él, con los ojos cerrados, sintiendo que el alivio escapaba de ella como un chorro de dulce liberación, sintiendo el de Fox como un chorro de amor, tan caliente, tan dulce que la llevó a un lugar desconocido.

Y luego los dos intentaron respirar con normalidad.

Pasaron los minutos.

Ella no se quedó dormida, pero cuando abrió los ojos tenía la camiseta puesta y Fox estaba tumbado de lado, con un brazo sobre la cara, la otra mano en su pelo. Sus ojos habían perdido esa fiera intensidad y eran oscuros, impenetrables.

Phoebe se quedó un momento absorbiendo una profunda sensación de felicidad, de bienestar. Le parecía perfecto haber hecho el amor con él… más perfecto que nada en toda su vida.

– Oye -murmuró Fox.

– Oye tú.

– No sabía que esto podía pasar.

– ¿No sabías cómo se hacía?

– Tonta. Pensé que jamás volvería a hacerlo en mi vida.

– ¿Qué te pasó en Oriente Medio, Fox?

– No lo sé.

– Sí lo sabes -murmuró Phoebe, acariciando su cara.

– Me perdí -contestó él por fin-. Dejé de creer en mí mismo, en mis valores. En mí como hombre.

– ¿Porqué?

– Eso da igual. Lo que importa es que pensé que no volvería a hacer el amor nunca más.

Phoebe quería ayudarlo. Más que nada en el mundo, quería ayudar a aquel hombre.

– No me gusta decir esto, chaval, pero me has dado pistas más de una vez de que tu cuerpo funcionaba perfectamente.

– Una erección es una cosa, hacer el amor es otra muy distinta. Y sentir… sentir otra completamente diferente. Pero… hay algo que… no sé, quizá he sido injusto.

– ¿Lo lamentas?

– Estamos en el sur, pelirroja. Mi madre no crió a sus hijos para que se aprovecharan de las mujeres.

– No te has aprovechado de mí.

– Sí lo he hecho. Llevaba siglos sin hacer el amor y tú te me has subido a la cabeza. No es una excusa, pero es lo que ha pasado.

– Yo quería que pasara.

– Tú no querías que pasara con un tipo que está hecho polvo, que no tiene vida… al menos, por ahora.

– Estás recuperándote, Fox. Y no ha pasado nada que yo no quisiera que pasara.

– Mi madre no estaría de acuerdo, te lo aseguro -sonrió él. Estaba bromeando, pero había dejado de tocar su pelo, había dejado de estar en conexión con ella-. Tú te mereces algo más de lo que yo puedo ofrecerte, pelirroja…

– Eso lo decidiré yo, ¿no?

– No es tan fácil para mí. Todavía no. Tengo que pensar antes de que sigamos hablando de esto. Pero ahora… me voy a casa.

– Sí, ya me lo imaginaba.

No lo sorprendió. Sabía que no se quedaría a dormir. Sólo había sido sexo. No tenían una relación, de modo que no podía hacerle daño, no debía permitir que le hiciera daño.

– Pero quiero que sepas… que voy a hacer tu programa.

– Me alegro. Y merece la pena. Es bueno para ti.

– Puede ser. Creo que tú entiendes lo que me pasa… aunque me estás sacando de mis casillas.

– Es fácil sacarte de tus casillas, Fox.

– ¿Sabes una cosa? Todo el que me conoce cree que soy el hombre más paciente del mundo.

– ¿Los has engañado a todos? -sonrió Phoebe.

Él no estaba sonriendo.

– Haré tu programa, pero tenemos que llegar a un acuerdo. Voy a pagarte por horas.

Luego mencionó una suma.

– No te pases, cariño. El precio de una sesión es…

– Me da igual lo que cobres. Eso es lo que voy a pagarte. Y otra cosa…

– ¿Qué?

– Voy a hacerte la cascada en la sala de masajes.

– ¿Qué? No creo que puedas hacer un trabajo tan duro…

– Si no puedo, no puedo. Pero lo intentaré. Cuando mi padre murió, dejó una herencia considerable, pero mi madre se ocupó de que aprendiéramos un oficio.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Aunque no lo creas, sé bastante de fontanería y carpintería.

– ¿En serio?

– Sí. Creo que puedo hacer el trabajo. Y eso será parte del pago. El dinero por sesión y la cascada.

Cuando se fue, Phoebe se quedó desnuda sobre la alfombra, mirando los faros del coche desaparecer al final de la calle.