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Enfrentada a la realidad tangible e innegable que era el hogar de Tommy, en lugar del escenario nebuloso de fiestas que duraban todo el fin de semana, tantas veces comentadas por St. James y lady Helen a lo largo de los años, la mente de Deborah alumbró la idea risible de que ella, Deborah Cotter, la hija de un criado, se introduciría alegremente en la vida de esta propiedad como si fuera Manderley y Max de Winter [3] languideciera entre sus muros, aguardando a que el amor de una mujer sencilla le rejuveneciera. Muy poco propio de ella, pensó.

Toda la situación se le antojaba un sueño, en el que elementos quiméricos se iban amontonando unos sobre otros. El vuelo en avión, la primera visión de Howenstow, la limusina y el chófer uniformado que esperaban en el aeródromo. Ni siquiera el frívolo saludo de lady Helen al hombre («¡Por Dios, Jasper! ¡Tienes un aspecto espléndido! La última vez que vine ni siquiera te molestaste en afeitarte») logró calmar la incertidumbre de Deborah.

Al menos, durante el trayecto hasta Howenstow sólo se esperaba de ella que admirase Cornualles, cosa que hizo. Era una parte agreste del país, que comprendía páramos desolados, colinas rocosas, ensenadas arenosas cuyas cuevas ocultas utilizaban los contrabandistas como refugio desde tiempo inmemorial, repentinos bosques lujuriantes en que el campo se hundía en desfiladeros; y por todas partes laberintos de celidonias, amapolas y vincapervincas, que invadían los senderos estrechos.

De uno de ellos nacía el camino principal a Howenstow, que los sicómoros cubrían y los rododendros flanqueaban. Pasaba frente a un pabellón, bordeaba el parque, se internaba bajo un portal Tudor ornamentado, daba la vuelta a un jardín de rosas y moría frente a una maciza puerta sobre la cual un sabueso y un león luchaban esplendorosamente en el escudo de armas de los Asherton.

Salieron del coche con el desorden habitual que acompaña a las llegadas. Deborah dedicó al edificio una mirada fugaz. Daba la impresión de que estaba vacío. Lo deseó con todas sus fuerzas.

– Mira, ahí está mi madre -dijo Lynley.

Deborah se volvió y observó que Tommy no miraba hacia la puerta, donde ella esperaba divisar a una condesa de Asherton de punta en blanco, con una pálida mano extendida a modo de bienvenida, sino hacia la esquina sudeste de la casa, donde una mujer alta y esbelta avanzaba a buen paso hacia ellos, abriéndose paso entre los arbustos.

El aspecto de lady Asherton no pudo sorprender más a Deborah. Llevaba un viejo equipo de tenis y una toalla azul echada sobre los hombros, que utilizaba para secarse vigorosamente el sudor de su cara, brazos y cuello. Tres enormes perros le pisaban los talones. Se detuvo, cogió una pelota y la tiró con la precisión de un jugador de bolos al otro extremo del jardín. Lanzó una carcajada cuando los tres animales se lanzaron tras ella, contempló la escena un momento y fue a reunirse con el grupo que aguardaba frente a la puerta principal.

– Tommy -dijo con voz agradable-. Te has hecho un corte de pelo algo diferente, ¿no? Me gusta. Mucho.

No le tocó, pero abrazó a lady Helen y a St. James, antes de volverse hacia Deborah e indicar con un gesto de pesar sus ropas de tenis.

– Perdona mi apariencia, Deborah. No suelo recibir a mis invitados de esta guisa, pero, si quieres que te diga la verdad, soy terriblemente perezosa, y si no hago mis ejercicios a la misma hora cada día, encuentro mil excusas para no hacerlos. Dime que no eres una de esas espantosas obsesas de la salud que corren cada mañana cuando sale el sol.

No se trataba de un recibimiento tipo «bienvenida-a-nuestra-familia», pero tampoco era el tipo de acogida astuta que lograba combinar la cortesía exigida con una desaprobación inconfundible. Deborah no sabía cómo responder.

Como si lo comprendiera y quisiera abreviar la tensión de los primeros instantes, lady Asherton se limitó a sonreír, apretó la mano de Deborah y se volvió hacia su padre. Cotter se había mantenido apartado hasta el momento. El sudor cubría su cara. Estaba consiguiendo que sus ropas parecieran confeccionadas para un hombre varios centímetros más alto y mucho más grueso que él.

– Señor Cotter -dijo lady Asherton-, ¿puedo llamarte Joseph? Me alegro sobremanera de que tú y Deborah entréis a formar parte de nuestra familia.

Ése sí que era el recibimiento convencional. La madre de Lynley lo había reservado para la persona que, según le dictaba su intuición, más lo iba a necesitar.

– Gracias, señora.

Cotter enlazó las manos a su espalda, como temeroso de que una se descontrolara y empezara a agitar el brazo de lady Asherton.

Lady Asherton sonrió. Era la misma sonrisa torcida de Tommy.

– Me llamo Dorothy, aunque, por motivos que jamás he comprendido, mis familiares y amigos siempre me han llamado Daze, aunque siempre es mejor que Diz, supongo, puesto que sugiere «distraída», y temo que debería vetar algo que se acerca tan peligrosamente a describir mi personalidad.

El hecho de que la viuda de un conde le estuviera invitando a tutearla desconcertó a Cotter. Con todo, tras un momento de reflexión, asintió con la cabeza y contestó:

– Daze está muy bien.

– Bien -dijo lady Asherton-. Estupendo. Parece que vamos a gozar de un fin de semana espléndido, ¿verdad? Ha hecho bastante calor, desde luego, y hoy también, pero confío en que esta tarde soplará un poco de brisa. Por cierto, Sidney ya ha llegado, acompañada de un joven muy interesante. Sombrío y melancólico, diría yo.

– ¿Brooke? -preguntó St. James, sin la menor alegría.

– Sí. Justin Brooke. ¿Le conoces, Simon?

– Más de lo que quisiera, a decir verdad -intervino lady Helen-. Pero me ha prometido que se portará bien, ¿verdad, Simon querido? Ni veneno en las gachas, ni duelos al amanecer, ni peleas en el salón. Cortesía irreprochable durante setenta y dos horas. Una dicha perfecta, de las que hacen rechinar los dientes.

– Atesoraré cada momento -replicó St. James.

Lady Asherton lanzó una carcajada.

– Por supuesto que sí. No hay reunión completa sin esqueletos surgiendo de cada armario y un poco de temperamento exaltado. Conseguís que me vuelva a sentir joven. -Cogió a Cotter del brazo y entraron en la casa-. Voy a enseñarte algo de lo que estoy absurdamente orgullosa, Joseph -oyeron que decía, mientras señalaba el recargado taraceado de la entrada-. Unos trabajadores del pueblo lo colocaron justo después del gran incendio que padecimos en 1849. Bien, no te lo vas a creer, pero la leyenda afirma que el fuego…

No lograron escuchar sus palabras, pero al cabo de un momento retumbó la risa de Cotter, profunda y sincera.

Entonces, el estómago de Deborah dejó de estar tan revuelto. El latido de su corazón se normalizó. El alivio se extendió por sus músculos como un muelle que liberase la tensión, y comprendió que este primer encuentro entre ambos progenitores la había puesto muy nerviosa. Pudo haber resultado desastroso. Habría sido desastroso, si la madre de Tommy no hubiera sido de la clase que elimina la timidez de los extraños con unas cuantas palabras amables.. Es maravillosa, sintió Deborah la necesidad de decir en voz alta a alguien, y, sin pensarlo, se volvió hacia St. James.

Su cara transparentaba una total aprobación. Las arrugas que cercaban sus ojos se hicieron más pronunciadas. Sonrió un breve instante.

– Bienvenida a Howenstow, querida.

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[3] Referencia a Rebeca. (N. del T.)