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Ella asintió.

– Nigel, Paul y yo fuimos juntos a la universidad. Hubo un tiempo en que pude haberme casado con Nigel. Entonces no estaba tan agriado y enfurecido como ahora. Me temo que yo soy la causa de su irritación. Pero nunca me casaré.

– ¿Por qué no?

– Porque la enfermedad de Huntington es hereditaria y yo soy portadora. No quiero trasmitírsela a un hijo. Ya es suficiente con ver a Bridie y pensar, cada vez que tropieza o deja caer algo, que ha contraído la maldita enfermedad. No sé qué haría si tuviera un hijo propio. Probablemente la preocupación me volvería loca.

– No es necesario que tengas hijos, puedes adoptarlos.

– Eso es lo que dicen los hombres, claro, lo que siempre dice Nigel. Pero, a mi modo de ver, el matrimonio no tiene sentido si no puedo tener mi propio hijo, un hijo mío y sano.

– ¿Era un bebé sano el de la abadía?

Ella se incorporó para mirarle.

– ¿De servicio, inspector? Curiosos tiempo y lugar para eso, ¿no crees?

El sonrió irónicamente.

– Lo siento. Me temo que ha sido un acto reflejo. -Entonces añadió, impenitente-: ¿Lo era?

– ¿Dónde oíste hablar del bebé de la abadía? No, no me lo digas. En Keldale Hall.

– Tengo entendido que se trata de una leyenda convertida en realidad.

– Algo así. La leyenda, que los Burton-Thomas divulgan siempre que pueden, es que a veces, por la noche, se puede oír el llanto de un bebé procedente de la abadía. Pero la realidad es muy prosaica. Es un ruido que produce el viento cuando sopla con fuerza suficiente desde el norte, a través de una grieta en la pared entre el transepto norte y la nave. Sucede varias veces al año.

– ¿Cómo lo sabes?

– Cuando éramos adolescentes, mi hermano y yo acampamos allí durante quince días, hasta que descubrimos el origen del sonido. Naturalmente, no decepcionamos a las Burton-Thomas diciéndoles la verdad. Pero si he de ser sincera, ni siquiera el sonido de ese viento se parece mucho al llanto de un bebé.

– ¿Y el bebé auténtico?

– Volvemos a eso, ¿eh? -Apoyó el mentón en el pecho de Lynley-. No sé muchos detalles de esa historia. Ocurrió hace tres años. El padre Hart encontró a la niña, se las arregló para soliviantar a todo el pueblo y a Gabriel Langston le tocó investigar lo ocurrido. Pobre Gabriel. Nunca pudo descubrir nada en absoluto. El furor se extinguió al cabo de unas semanas. Hubo un funeral, al que asistieron todos los vecinos que tienen conciencia y así terminó el asunto. Todo fue bastante sórdido.

– ¿Y te alegraste cuando terminó?

– Sí, no me gusta la sordidez, no la quiero en mi vida. Sólo deseo risas y alegría.

– Quizás temes sentir otra cosa.

– Así es, pero lo que más temo es acabar como Olivia, amar tanto a una persona para que luego desaparezca brutalmente de mi vida. Ya no soporto estar cerca de ella. Después de la muerte de Paul, pareció internarse en una espesa niebla de la que nunca más ha salido. No quiero ser así, jamás. -Pronunció la última palabra con una dura nota de enojo, pero cuando alzó la cabeza, las lágrimas brillaban en sus ojos-. Por favor, Thomas -susurró, y el cuerpo del hombre respondió con la voraz llama del deseo.

La atrajo hacia sí bruscamente, sintió el calor y la pasión de Stepha, oyó su grito de placer y notó que la locura se disipaba.

– ¿Qué me dices de Bridie?

– ¿Qué quieres que te diga?

– Es una niña solitaria, siempre con su pato.

Stepha se rió. Se volvió de lado y su espalda suave le presionó agradablemente.

– Bridie es una niña especial, ¿verdad?

– Olivia parece tenerle poco apego… es curioso. Es como si Bridie estuviera creciendo sin padres.

– Olivia no siempre ha sido así, pero Bridie ha salido a Paul, es igual que él, y creo que eso hiere a Olivia. Todavía no ha superado la desaparición de Paul, ni creo que lo logre nunca.

– Entonces, ¿por qué volvió a casarse?

– Lo hizo por Bridie. Paul era un padre muy enérgico, y Olivia parece haberse sentido obligada a sustituirlo. Supongo que William estaba deseoso de ser el sustituto. -Su voz era cada vez más somnolienta-. No sé exactamente cómo pensó que le iría a ella, pero creo que estaba más interesada en controlar a Bridie. Las cosas habrían salido bien, porque William era muy bueno con Bridie, y Roberta también.

– Según Bridie, tú también lo eres.

Ella bostezó.

– ¿Ah, sí? Le arreglé el pelo a la pobrecilla. No estoy segura de que sea buena en nada más.

– Alejas a los fantasmas -susurró él-. Eres muy buena para eso.

Pero ella ya se había dormido.

Al despertar se encontró con la realidad inequívoca. Ella yacía como una niña, encogida, con las rodillas hacia arriba y los dos puños cerrados bajo el mentón. Lo que soñaba le hacía fruncir el ceño, y tenía una hebra de pelo entre los labios. Lynley sonrió.

Consultó el reloj y vio que eran las seis y media. Se inclinó y besó el hombro desnudo de Stepha. Ella despertó en seguida, sin mostrarse en absoluto confusa por estar en la habitación de Lynley. Alzó la mano, le tocó la mejilla y le atrajo hacia sí.

El la besó en la boca y en el cuello, y oyó el cambio delicado en su respiración que indicaba el placer que sentía cuando le tocó el seno. Deslizó la mano a lo largo de su cuerpo y ella suspiró.

– Thomas… -El levantó la cabeza y contempló las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes de Stepha-. He de irme.

– Todavía no.

– Mira que hora es.

– Dentro de un momento. -Se inclinó sobre ella y sintió la caricia de sus manos en la cabeza.

– Tú… yo… Oh, Dios mío. -Se echó a reír, dándose cuenta de cómo la traicionaba su cuerpo.

El sonrió.

– Entonces vete, si es preciso.

Ella se irguió, le besó por última vez y se dirigió al baño. El permaneció tendido, rebosante de una satisfacción que no había creído poder experimentar de nuevo, y escuchó los ruidos familiares que ella hacía. Se preguntó cómo había podido sobrevivir a aquel año de aislamiento. Entonces ella regresó, sonriente, pasándose el cepillo por el cabello enmarañado. Cogió la bata gris y alzó garbosamente un brazo para ponérsela. Fue entonces, al hacer ese movimiento bajo la luz de la mañana incipiente, cuando él vio en el cuerpo de Stepha la evidencia inequívoca de que había sido madre.

Cuando Barbara oyó que la puerta de la habitación de Lynley se abría y cerraba suavemente, se levantó. Había estado tendida de costado, la mirada fija en la pared y los dientes tan apretados que le dolía la mandíbula. Durante seis horas, desde que les oyó y supo que estaban juntos, se había esforzado por ahogar sus sentimientos.

Ahora se dirigió a la ventana, sintiendo las piernas entumecidas y se quedó mirando insensible el paisaje que emergía de las últimas sombras. El pueblo parecía sin vida, un sitio carente de color o sonido, y ella pensó en lo apropiado que era.

El inequívoco y rítmico chirrido de la cama la había enloquecido. Siguió y siguió hasta que ella quiso gritar, golpear la pared hasta que el ruido cesara. Pero el silencio, que se entabló del mismo modo repentino, fue peor. Golpeó sus tímpanos con pulsaciones airadas que ella finalmente llegó a reconocer como los latidos de su corazón. Y entonces la cama empezó a chirriar de nuevo, interminablemente. Y el grito ahogado de una mujer.

Aplicó una mano seca y cálida al vidrio de la ventana y percibió su fría humedad con sorpresa indiferente. Deslizó los dedos, trazando líneas que examinó minuciosamente.

¿Dónde había ido a parar el amor no correspondido hacia Deborah? Se dijo que había sido una estúpida al modificar su idea sobre aquel hombre. Nunca había dejado de ser el mismo que la noche anterior: un semental, un toro, un macho que tenía que demostrar su virilidad entre las piernas de cada mujer que conocía.

“Bien, anoche lo demostró, inspector. La llevó directamente al cielo tres o cuatro veces, ¿verdad? Es todo un experto en esas lides, desde luego.”