Se decía que todo el mundo en Alemania sabía exactamente dónde se encontraba el 24 de junio de 1922 cuando recibió la noticia de que Rathenau, que era judío, fue asesinado por un grupo derechista. Yo estaba en el Romanisches Café, sumido en el alcohol, lamentándome todavía por la muerte de mi esposa, que había ocurrido tres meses antes. El asesinato de Rathenau me impulsó a ingresar en la policía de Berlín. Izzy lo sabía. Si no me equivoco, era uno de los motivos por los que le caía bien.
Su despacho parecía el de un profesor universitario. Se sentaba delante de una gran librería llena de libros legales y forenses, uno de ellos escrito por él. En la pared había un mapa de Berlín con chinchetas rojas y marrones que indicaban los estallidos de violencia política. Parecía un mapa aquejado de sarampión; con tantas chinchetas. En su mesa había dos teléfonos, varias pilas de papeles y un cenicero donde depositaba la ceniza de los puros Black Wisdom, que era su único lujo aparente.
Yo sabía que se encontraba sometido a una enorme presión, porque la República en sí se hallaba sometida a una enorme presión. Después de las elecciones de marzo, los nazis habían duplicado su fuerza en el Reichstag y ahora eran el segundo partido más importante del país, con once millones y medio de votos. El canciller, Heinrich Bruning, intentaba sanear la economía, pero con casi seis millones de desempleados era casi una misión imposible. Parecía improbable que Bruning lograse sobrevivir, ahora que se había reabierto la legislatura en el Reichstag. Hindenburg seguía siendo presidente de la República de Weimar y líder del partido principal, el SPD. Pero el viejo aristócrata sentía poca simpatía por Bruning. Y si Bruning se iba, ¿quién vendría después? ¿Schleicher? ¿Papen? ¿Groner? ¿Hitler? Alemania se quedaba sin hombres fuertes, capaces de dirigir el país.
Sin levantar la vista de lo que estaba escribiendo con su Pelikan negra, Izzy me indicó por señas que me sentase en una silla. De vez en cuando dejaba la pluma y se llevaba el puro a la boca, y a mí me divertía la vaga esperanza de que se metiera la pluma en la boca e intentase escribir con el puro.
– Debemos seguir cumpliendo con nuestro deber de policías, aunque algunos nos lo pongan difícil -dijo con voz profunda e intensa como una cerveza rubia oscurecida por malta de color: una Dunkel o una Bock. Dejó la pluma y, reclinándose en la silla giratoria chirriante, me miró fijamente con un ojo tan afilado como el pincho de un Pickelhaube-. ¿No está de acuerdo, Bernie?
– Sí, señor.
– Los berlineses todavía no han perdonado a su cuerpo policial por lo ocurrido en 1918, cuando la jefatura de Alex se rindió a la anarquía y la revolución sin un solo disparo.
– No, señor. Pero ¿qué podían hacer?
– Podrían haber defendido la ley, Bernie, en lugar de salvar su propio pellejo. Debemos respetar y defender siempre la ley.
– Y si los nazis toman el poder, ¿qué? Utilizarán la ley y la policía para sus propios fines.
– Que es exactamente lo que hicieron los socialistas independientes en 1918 cuando estaba Emil Eichhorn al frente de la policía. Sobrevivimos a eso. Sobreviviremos también a los nazis.
– Es posible.
– Hay que tener fe, Bernie -dijo-. Si los nazis llegan al poder, tenemos que confiar en que, con el tiempo, el proceso parlamentario restaure la sensatez en Alemania.
– Espero que tenga razón, señor.
En aquel momento, justo cuando empezaba a pensar que Izzy me había llamado para darme una clase de ciencia política, fue al grano.
– Un filósofo inglés llamado Jeremy Bentham dijo en una ocasión que la publicidad es el alma de la justicia. Así sucede, de modo meridianamente claro, en el caso de Anita Schwartz. Parafraseando una frase de otro jurista inglés, la investigación de su asesinato no sólo debe continuar, sino que la opinión pública debe ver que avanza enérgicamente. Le diré por qué. Helga Schwartz, la madre de la chica asesinada, es prima de Kurt Daluege. De modo que éste es un caso importante, Bernie. Y quiero que sepa que lo último que queremos, ahora mismo, es que el doctor Goebbels declare en las páginas de su diario chabacano, pero influyente pese a todo, que la investigación se está desarrollando de modo incompetente, o que damos largas al asunto porque tenemos que afilar el hacha antinazi. Debemos dejar al margen todos los prejuicios personales. ¿Me he explicado con claridad, Bernie?
– Sí, señor. -Aunque no tuviera un doctorado en jurisprudencia como Bernard Weiss, no necesitaba que me lo explicasen con puntos y comas. Kurt Daluege era un héroe de guerra condecorado. Aquel ex líder de las SA en Berlín, por aquel entonces formaba parte de las SS y era el número dos de Goebbels. Además, ocupaba un cargo de mayor relevancia para nuestros intereses, y es que era diputado del NSDAP en el Parlamento del Estado Prusiano, al que la policía berlinesa debía lealtad ante todo. Daluege podía traernos problemas políticos. Con amigos así, podía traer problemas hasta a los monjes benedictinos retirados en un hospicio. La gente bien informada de Berlín decía que, si los nazis llegaban al poder, preveían poner a Daluege a cargo del cuerpo policial de Berlín. No es que tuviera experiencia en la materia. Ni siquiera era abogado. Lo que sí tenía era experiencia en hacer exactamente lo que le pedían Hitler y Goebbels. Y supuse que lo mismo cabría decir de su pariente político, Otto Schwartz.
– Por eso he convocado una conferencia de prensa para esta tarde -dijo Izzy-. Así podrá decirle a la prensa que nos estamos tomando este caso muy serio. Que estamos investigando todas las pistas posibles. Que no descansaremos hasta que se detenga al asesino. Bueno, ya sabe lo que tiene que decir. Ya se ha encargado de dar muchas otras conferencias de prensa. Hasta lo hizo bastante bien en alguna ocasión.
– Gracias, señor.
– Sin embargo, tiene usted un ingenio natural que más le valdría controlar en algunas ocasiones. Sobre todo en un caso político como éste.
– ¿Eso es lo que es, señor?
– A mí me lo parece, ¿no cree usted?
– Sí, señor.
– Ernst Gennat y yo asistiremos a la conferencia, por supuesto. Pero se trata de su investigación y su conferencia. Si nos preguntan, Ernst y yo nos limitaremos a atestiguar su competencia. La impresionante reputación del comisario Gunther, su extraordinaria perseverancia, su perspicacia psicológica, su magnífico historial. Las típicas pamplinas.
– Gracias por su confianza, señor.
– Bueno -dijo Izzy, con los labios fruncidos, saboreando su propia inteligencia como si fuese una bola de matzá recién hecha-. ¿Y qué ha averiguado hasta ahora?
– No gran cosa. No la mataron en el parque, eso es seguro. Hoy mismo sabremos más cosas sobre la causa de la muerte. No es fácil saber si el móvil del crimen fue la lascivia o no. Eso explicaría que le hayan extirpado todos los órganos sexuales y todo lo que tenían alrededor. Aparentemente, eso parece el rasgo más llamativo del caso. Pero también es curiosa la reacción de Herr y Frau Schwartz. Anoche, ninguno de los dos se disgustó mucho cuando les dije que su hija había muerto.
– Dios, espero que no esté insinuando que la mataron ellos.
– Es posible que no los esté juzgando bien, señor -dije, después de pensar unos instantes-. Pero la chica era discapacitada. De algún modo, tuve la sensación de que se alegraban de librarse de ella, eso es todo. Es posible.
– Confío en que no mencione nada de eso en la conferencia de prensa.
– Sabe que nunca haría algo así.
– Es cierto, algunos nazis tienen ideas despiadadas sobre el tratamiento de los más desvalidos de la sociedad, sobre la gente que está física y mentalmente discapacitada. Sin embargo, ni siquiera los nazis son tan tontos para pensar que eso les dará votos en las elecciones. Nadie va a votar a un partido político que abogue por el exterminio de los enfermos y minusválidos, después de una guerra que dejó miles de hombres discapacitados.