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No tengo ningún interés en ver la vida negra, mamá, te lo juro, le decía, ningún interés, pero cualquier persona con dos dedos de frente se plantea así de crudamente la realidad: esto es lo que Dios les concedió a éstos y esto es lo que me concedió a mí y esto lo que te concedió a ti. Y no hay más verdad en la vida que ésa, mamá. Ella decía que mis creencias eran incompatibles con la palabra de Dios, que Dios nos manda pruebas y que hay que intentar superarlas y que en ese afán se puede encontrar también la felicidad. Y yo le decía que desde hacía tiempo se sabía que marxismo y religión eran compatibles. Y es extraordinario que aunque mi madre no tenía ninguna noción del marxismo, era escucharme decir eso y echarse a llorar. Nunca llegué a entender por qué.

Como ejemplo de esa resignación cristiana que practicaba mi madre y que yo no compartía (para nada) está el hecho de que a mi madre se le caía la baba con los niños de las Infantas. Yo creo que hay madres que acaban queriendo más a los hijos de las Infantas que a los suyos propios. O a los de Carolina, que encima es de otro país. Mi madre puede servir de ejemplo de ese disparate.

Sí, creo en Dios. No veo por qué, no me importa volver a repetirlo, eso tiene que ser incompatible con todo lo que he dicho. Creo en Dios, hablo con él y muchas veces le he preguntado: por qué a mí. Y me ha costado muchos años encontrar la respuesta. Creo que la he encontrado.

Me acuerdo de un libro que me trajeron los Reyes cuando tenía diez años. Se llamaba Pollyana y era de una niña pobre y huérfana de madre que vive con su padre; resulta que cuando llegan las Navidades la tal Pollyana tiene que ir por su regalo a la beneficencia, porque en su casa no hay dinero ni para eso, y la niña se encuentra con que Papá Noel (en este caso las señoras de la beneficencia), por un error organizativo, le ha dejado unas muletas. La niña, Pollyana, se va llorando a casa, natural, pero creo recordar que es su padre, que en el cuento estaba retratado como un santo pero que para mí era un cínico porque si no es que no me lo explico, quien viendo a la niña llorar tan amargamente con las muletas en la mano le enseña a jugar al Juego de la Alegría. El Juego de la Alegría consiste en buscar un motivo de alegría a cualquier acontecimiento de tu vida, por mucho que te joda un acontecimiento. El padre de la niña, San Cínico, le propone que jueguen al juego de la alegría con las putas muletas y Pollyana de momento se queda sin habla, con los ojos a cuadros, como se hubiera quedado cualquier criatura ante una propuesta tan ridícula, pero luego de pronto a Pollyana, que hasta el momento parecía un ser inteligente, se le enciende una luz espiritual en el cerebro (es un libro de ficción, evidentemente) y siente que hay razones para ser feliz porque, dentro de las innumerables desgracias que le han ocurrido (muerte de la madre, padre enfermo, pobreza, embargo de la casa, etc.), piensa Pollyana, ya absolutamente contagiada de la locura de San Cínico, ese beato, dentro de la tragedia que marcó su vida desde el primer día en que sus ojos se abrieron al mundo, hay un motivo de celebración: ha recibido unas muletas, de acuerdo, ¡pero no tiene que usarlas, sus piernas están sanas!

Fíjate que yo sólo tenía diez años cuando me leí el libro y ya a esa edad anduve varios días entre cabreada y deprimida. Si no llega a ser porque no quería ofender a mi madre, lo hubiera tirado por la ventana. A mi madre le gustaba. Para ser exactos, le gustaba la teórica: esa niña, la felicidad que provoca el saber resignarse, la superación de contratiempos. Pero en la práctica, ya lo ves, en la práctica mi madre no quería verme limpiando. Los beatos siempre andan en el terreno de la especulación. Ah, la vida real ya es otra cosa. ¿Qué hubiera pasado si yo le hubiera dicho: madre, mira a tu hija, soy barrendera, soy marmota municipal, así me gano la vida y así creo que me la voy a ganar hasta que me jubile? Madre, ¿ahora qué me dices?, ¿no crees que éste es el momento de poner en la práctica el juego de la alegría de Pollyana? Me puedo imaginar perfectamente cuál hubiera sido su reacción, ay, hija mía, no seas cruel conmigo, no me castigues, por qué me dices esas cosas. Conclusión: mi madre no se hubiera conformado con las muletas, como no se conformó con que yo no fuera más que tres meses a la universidad, igual que no quería que sus vecinas me vieran en paro, igual que nunca quiso que me vieran con la monstrua Milagros. Y seguro que había momentos en que le hubiera gustado borrarme del mapa para no tener que dar explicaciones a los demás, explicaciones en las que ella también introducía sus mentiras, «la volverán a contratar en la agencia cuando suba su nivel de inglés, esto de la limpieza municipal es sólo temporal», pero todo ese poso de decepción que estaba en su interior lo transformaba en un estado de permanente preocupación por mí, de espíritu de sacrificio. Supongo que así entendía ella que debía ser la actitud correcta ante Dios, pero lo que yo me pregunto es, si Dios sabe lo que cada una de sus criaturas está pensando, si Dios todo lo ve, para qué representar una comedia de cara a Dios. Eso es lo que yo me pregunto.

Por qué tenía yo que vivir esa vida, ésa era mi pregunta íntima y desesperada al Señor. Por qué tenía que salir a las seis de la mañana con un cubo de basura en pleno invierno. No todo depende de Dios, eso está claro, también influye la voluntad, la fortaleza de las personas. Por qué entonces Dios me había dado a mí tan poca voluntad.

Yo siempre paso frío. Veinticinco calcetines que me ponga veinticinco que traspasa el puto frío y me deja los dedos curvados para dentro, como garras de pájaro. Milagros se empeñaba en darme masajes en los pies cuando llegábamos a los vestuarios, decía que había hecho un curso de reflexoterapia por correspondencia. De reflexoterapia. Y cuando yo le preguntaba detalles para desmontarle esa invención tan disparatada, que cuándo había hecho ese curso, que dónde se había matriculado -porque si hay algo que no te puedes imaginar es a Milagros siguiendo un curso de nada-, ella me decía que lo había hecho en todos esos años en que no nos habíamos visto y que cuando yo quisiera me enseñaba el título. Ven a mi casa y te lo enseño, me decía, ahí lo tengo colgado en el recibidor, para no darme importancia.

Ya sé que puede parecer de una mala hostia impresionante este interés mío por desmontarle sus embustes pero es que con ella corrías el peligro de consentir que todo valiera iguaclass="underline" la verdad y los disparates.

Ya sé que yo mentía a mi madre pero no es lo mismo. Yo lo hacía por piedad y ella lo hacía por vicio, por costumbre, ella contaba mentiras y se las creía. Yo las contaba conscientemente.

Hubiera hecho o no hubiera hecho el curso de reflexoterapia por correspondencia a mí sus masajes me aliviaban mucho. La verdad es la verdad y hay que reconocerla aunque nos cueste. Milagros tenía las manos muy calientes, como si tuviera siempre unas décimas de fiebre y era simplemente ponérmelas sobre los dedos desnudos, curvados y rígidos por el frío, y ya me sentía mejor.

Además te tocaba sin escrúpulo, de una forma que yo no me siento capaz de tocar los pies de nadie. Me tumbaba en el banco del vestuario, debajo de las perchas, cerraba los ojos y Milagros empezaba a masajearme los pies de una manera que alguna vez hasta me quedé dormida. Las otras compañeras miraban. Al principio, de refilón, luego, convencidas de que Milagros era reflexoterapeuta (por correspondencia), se atrevieron a pedirle masajes. Es lo que te digo, ella conseguía integrarse en los grupos de la manera más estúpida que puedas imaginarte.

De cualquier forma yo siempre notaba una cierta desconfianza hacia nosotras dos, notaba como que se comentaban cosas por detrás. Eso lo notas. Y más cuando te ha pasado desde niña. Yo noto, por ejemplo, cuando me mira alguien que tengo a mi espalda. Fue una pena que no siguiera estudiando psicología porque tenía muchas facultades, y considero injusto que haya que estarse ahí cinco años de carrera para poder ejercerla cuando la psicología es un don y yo, por suerte o por desgracia, lo tengo. Y digo por desgracia porque eso me hace ver en los demás cosas muy desagradables que si yo no tuviera este sexto sentido tan desarrollado que tengo no las vería y sería infinitamente más feliz. La inteligencia a veces es un veneno para la felicidad.