– Lo sé. Pero si haces lo que se debe hacer, vas a estropearme el plan de asustarla.
– En absoluto. Le diré que se las he robado al vecino.
– ¿Es que nunca hablas en serio? -le preguntó ella exasperada.
– No lo sé. Siglos atrás, conocía miles de razones para ser serio, pero ya no me acuerdo.
– Estupendo, estamos progresando.
Mientras subían en el ascensor, Jane examinó el aspecto de Gil. Iba vestido como el día que lo conoció, con pantalones de cuero negro y una camiseta negra sin mangas ceñida al cuerpo.
– ¿Estoy bien? -preguntó Gil, interpretando correctamente la mirada de Jane.
Jane tembló de placer tras la indirecta.
– Estás demasiado bien peinado.
Al instante, Gil se revolvió el cabello con los dedos. Desgraciadamente, el nuevo peinado le hacía aún más atractivo. Pero a Sarah no le gustaría, pensó Jane con alivio.
Con cierto esfuerzo, abrió la puerta del apartamento. Inmediatamente, un maravilloso olor salió de la cocina.
– ¡Salchichas con puré de patatas! ¡Maravilloso! -exclamó Gil.
– No te hagas ilusiones, Sarah prepara siempre cocina francesa por lo menos. Las salchichas con puré de patatas no están a su altura.
– Es una verdadera pena.
– Aquí estamos -anunció Jane en voz alta.
Una desconocida salió de la cocina. Jane estaba a punto de preguntarle quién era y qué estaba haciendo allí cuando tragó saliva y se dio cuenta de que era su abuela.
El cabello cano de Sarah se había transformado en un pelo color miel con un corte exquisito. En vez de sus ropas sencillas y formales, Sarah llevaba un elegante vestido azul marino y blanco, bien conjuntado con unos discretos pendientes de plata.
– ¡Sarah! -exclamó Jane-. Al principio, no te conocía.
– Oh, querida, gracias por el piropo. ¿En serio te gusta?
Dio una vuelta completa para enseñar el vestido desde todos los ángulos. Por extraño que pareciese, Sarah había conseguido perder muchos kilos en un sólo día. También llevaba un maquillaje profesional. Y una nueva elegancia que no la hacía parecer la abuela que Jane había conocido toda su vida. Mientras Jane se preguntaba qué iba a decir, Gil resolvió el problema con un prolongado y ferviente silbido.
Sarah se volvió a él con expresión radiante.
– Tú debes ser Gil. Me alegro de que Jane te haya traído para que me conozcas.
– Yo también me alegro -dijo Gil, mirándola con apreciación.
Para asombro de Jane, Gil hizo una reverencia a Sarah y le entregó el ramo de flores.
– Para usted.
– Oh, qué detalle. No te puedes imaginar el tiempo que hace que un hombre no me regala flores.
Sarah se marchó a ponerlas en agua y Jane murmuró a Giclass="underline"
– ¿Qué demonios estás haciendo? Así no vas a escandalizarla.
– Creía que mi aspecto físico seria suficiente.
– Creo que ni siquiera lo ha notado.
– Vamos, sentaos a la mesa -dijo Sarah desde la cocina-. Estoy muerta de hambre y no me cabe duda de que vosotros también lo estáis.
– Le he dicho a Gil que siempre preparas comida de chef -dijo Jane.
– Lo siento, pero hoy no he tenido tiempo para eso -contestó Sarah-. Os tendréis que conformar con salchichas y puré de patatas. Siempre ha sido mi comida preferida, pero a tu abuelo no le gusta y por eso nunca lo comíamos.
– A mí me encanta -declaró Gil.
– Me alegro, porque hay un montón -Sarah volvió a la cocina.
– Haz el favor de representar tu papel como es debido -se quejó Jane a Gil.
– Lo siento, cielo, pero ni siquiera por ti voy a decir que no me gustan las salchichas con puré de patatas -contestó Gil enérgicamente.
Jane fue a la cocina inmediatamente a ayudar a servir.
– Abuela, ¿cómo has perdido tanto peso tan rápidamente? No estás haciendo aeróbic, ¿verdad?
– Oh, deja de hablar como una vieja. Me he comprado una faja.
– Jamás te habías molestado en eso… por Andrew.
– A Andrew no le gustaba que me pusiera guapa, sino que me pusiera ropa sencilla y funcional. Le daría un ataque si me viera esto…
Sarah se levantó el bajo del vestido para enseñar unas ligas de encaje.
– Guau! ¡Vaya chica! -exclamó Gil desde la puerta. Ya estaba, pensó Jane, Gil había conseguido horrorizar a su abuela. Pero en vez de horrorizada, Sarah se ruborizó.
– Gil, querido, ¿te importaría llevar estos platos a la mesa?
Cuando Gil se marchó de la cocina con los platos, Jane hizo otro intento desesperado.
– Te pido disculpas por la forma como Gil va vestido, no sabía que íbamos a venir aquí.
– ¿Qué tiene de malo cómo va vestido? -preguntó Sarah.
– Bueno, no es muy convencional, ¿no te parece?
– Querida, cuando un hombre es tan encantador como él, puede ponerse lo que le venga en gana. Vamos, llévate la cesta del pan y vamos a cenar.
La cena consistía en salchichas fritas y puré de patatas con crema y mantequilla. Estaba delicioso y el vino de Gil lo hacía perfecto.
– ¿Cómo os habéis conocido? -preguntó Sarah, mientras Gil le servía el vino.
– Fui al banco para pedir un préstamo -contestó Gil-. Por supuesto, Jane me lo negó.
– ¿Por qué?
– ¿Que por qué? -dijo Jane-. Fíjate en él.
– Lo siento, pero no tengo tiempo para preocuparme por la ropa -declaró Gil, haciendo un esfuerzo por representar su papel-. La vida es demasiado corta.
– Sí, desde luego que lo es -dijo Sarah con un suspiro.
– Pero, a veces, la ropa es importante -declaró Jane.
– No tanto como tú crees -dijo Sarah-. Aunque supongo que vivir en el banco te vuelve conservadora.
– No vivo en el banco -observó Jane.
Sarah le lanzó una mirada que la dejó desconcertada.
– ¿No, querida? -después de silenciar a su nieta, Sarah se dirigió a Gil-. Me gustaría que me hablaras de ti. ¿Cómo te ganas la vida? Y te aseguro que me he dado cuenta de que no es aburrida.
– Con fuegos artificiales -respondió él-. Voy de un sitio a otro montando espectáculos de fuegos artificiales.
– ¡Qué maravilla!
– Por supuesto, no es una vida muy normal -dijo Gil, consciente de la gélida mirada de Jane-. No tengo una casa como todo el mundo, vivo en una caravana.
– ¿Que vives en una caravana? -preguntó Sarah, agrandando los ojos-. ¡Eso es extraordinario! Vives en un sitio diferente cada día, el horizonte siempre cambiante…, gente nueva…
– Exacto. No soporto estar en el mismo sitio mucho tiempo.
De nuevo, Sarah debería haber sacudido la cabeza y palabras como «inmaduro» deberían haber salido de sus labios. Pero parecía encantada con Gil.
– Pues no me parece una vida sólida -dijo Jane-. Sin raíces, sin familia…
– La mejor forma de vivir -declaró Gil alegremente-. La familia ata. Yo necesito libertad, espacios abiertos.
– Y yo necesito responsabilidad -dijo Jane.
– Jane, querida, no seas así. Estoy segura de que Gil tiene sentido de la responsabilidad.
– No, no lo tengo -contestó él inmediatamente-. La vida debería ser diversión, eso es lo que yo pienso.
– Y yo -anunció Sarah.
Desconcertado, Gil vaciló, pero al cabo de unos segundos volvió a intentarlo.
– La familia está muy bien, pero te confina. Siempre te dice lo que es bueno para ti o qué hacer y cómo hacerlo. No lo aguanto.
– Yo tampoco -dijo Sarah con vehemencia-. Te lo digo en serio, eso no lo aguanta nadie. Bueno, supongo que no estás casado, ¿verdad?
Gil guiñó un ojo.
– No.
– Estoy segura de que no faltan mujeres que te persigan -dijo Sarah.
– Demasiadas -le aseguró Gil-. A mí me gusta así. Sarah se inclinó hacia él y dijo en tono de conspiración:
– Pero Jane es la primera, ¿verdad? Gil se quedó pensativo.