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– ¿Autorizarme? Querrá decir que autorizará mi visita. Él no tiene ninguna autoridad sobre mi existencia.

El guarda se dirigió a la cabina que comunicaba con las oficinas y llamó. No me sorprendió que Thayer no estuviera en su despacho. Exigí hablar con alguien del departamento. Ya me estaba cansando de ser femenina y conciliadora y casi amenacé al guarda para que me dejara hablar con una secretaria.

– Me llamo V. I. Warshawski -dije bruscamente-. El señor Thayer me está esperando.

La delicada voz femenina se disculpó al otro lado del teléfono.

– El señor Thayer no ha venido en toda la semana. Hemos llamado a su casa pero no contesta.

– Entonces será mejor que hable con alguien del departamento-. Seguí en mi línea brusca y la secretaria quiso saber de qué asunto se trataba.

– Soy detective -dije-. El Sr. Thayer quería hablarme de un asunto delicado. Si él no está, me gustaría hablar con alguien que sepa en qué consiste su trabajo.

No me pareció muy convincente pero la mujer me dijo que me esperara para que pudiera consultarlo. Al cabo de cinco minutos el guarda seguía sin quitarme los ojos de encima mientras jugueteaba con la pistola, pero la voz sin aliento de la señorita cogió el teléfono. El señor Masters, vicepresidente del Departamento de Reclamaciones, estaba dispuesto a hablar conmigo.

Al guarda no le hacía ninguna gracia dejarme pasar y volvió a llamar a la Srta. Tacto Personificado para saber si mentía. Al final conseguí llegar al piso 40. Cuando salí del ascensor avancé por una moqueta verde. Al fondo del pasillo estaba la recepción. Una recepcionista aburrida dejó de leer una novela y señaló a la mujer de la voz agradable que estaba sentada en una mesa de teca con una máquina de escribir. Ella me hizo pasar al despacho del Sr. Masters.

Masters tenía un despacho enorme con vistas al lago en el que cabrían todos los jugadores de los Bears. Tenía la cara rechoncha y ligeramente rosada que se les pone a algunos hombres de negocios a partir de los 45. Vestido con un traje gris a medida, me sonrió abiertamente.

– No me pase llamadas, Ellen -le dijo a su secretaria cuando salía del despacho.

Le extendí mi tarjeta y nos dimos la mano.

– Y bien, ¿qué quería, señoritaaa…? -sonrió condescendiente.

– Warshawski. Quería hablar con Peter Thayer, Sr. Masters. Pero ya que no está y usted ha accedido a verme, me gustaría saber por qué el chico necesita un detective privado.

– Pues no sabría decirle, Srtaaa… ¿Le importa si le llamo…? -miró la tarjeta.

– ¿Qué significa la V?

– Es la inicial de mi nombre, Sr. Masters. ¿Puede decirme en qué consiste el trabajo del Sr. Thayer?

– Es mi ayudante -dijo amistosamente-. John Thayer es un buen amigo mío, y cuando me dijo que su hijo, que estudia en la universidad de Chicago, necesitaba un trabajo en verano, estuve encantado de echarle una mano.

Hizo un gesto de preocupación.

– Si el chico está metido en algún asunto que precisa de un detective para solucionarlo, me gustaría saber de qué se trata.

– ¿Qué trabajo hace como ayudante? ¿Reclamaciones?

– Ah, no -sonrió-. Las reclamaciones no las llevamos en esta oficina. Nosotros nos encargamos de la parte administrativa: los presupuestos y ese tipo de cosas. El chico hace cálculos, estudia los informes… Es un buen chico. Espero que no se haya metido en algún lío con los hippies esos con los que anda -bajó el tono de voz-. Entre usted y yo, John dice que le han dado una idea equivocada del mundo de los negocios. El objetivo de este trabajo es que tenga una mejor impresión de este mundo cuando lo vea desde dentro.

– ¿Y funciona?

– Eso espero, Srta… eso espero-. Se frotó las manos-. Me encantaría poder ayudarla. Si me diera alguna pista para saber qué le preocupaba al chico…

Negué con la cabeza.

– No me lo dijo. Sólo me llamó y me pidió que me pasara por aquí esta tarde. Supongo que no habrá nada en esta empresa que le hiciera pensar que necesitaba un detective.

– Normalmente el jefe del departamento no sabe lo que pasa en su propio departamento -Masters frunció el ceño dándoselas de importante-. Eres demasiado inaccesible. La gente no confía en ti -sonrió otra vez-. Pero me sorprendería.

– ¿Por qué quiso verme?

– Le prometí a John que me ocuparía de su hijo. Y si viene una detective, parece que el tema es serio. Aunque yo no me preocuparía demasiado, Srta… Tal vez podríamos contratarla para que encontrara a Peter -se rió de su propio chiste-. No ha venido en toda la semana, y hemos llamado a su casa pero no contesta. Todavía no se lo he dicho a John. Está un poco harto de su hijo.

Me acompañó por el pasillo hasta el ascensor. Bajé hasta el piso 32, salí del ascensor y subí de nuevo. Recorrí el pasillo.

– Me gustaría saber dónde se sienta el Sr. Thayer -le dije a Ellen. Miró hacia la puerta de Masters buscando respuesta pero estaba cerrada.

– No creo que…

– Seguramente no -la interrumpí-. Pero voy a mirar entre sus cosas de todas formas. Siempre puedo preguntar a otra persona dónde se sienta.

No le hizo mucha gracia pero me llevó hasta una mesa separada de las otras por una mampara.

– Si sale el Sr. Masters, estaré metida en un buen lío -dijo.

– No veo por qué -le dije-. No es culpa suya. Le diré que hizo lo posible para echarme.

La mesa de Peter Thayer no estaba cerrada con llave. Ellen estuvo mirándome un rato mientras revolvía papeles.

– Puede registrarme antes de que me vaya para comprobar que no me llevo nada -le dije sin levantar la mirada.

Dio un resoplido y volvió a su mesa.

Los papeles del escritorio eran tan inofensivos como los que encontré en el piso. Varios libros de contabilidad con los presupuestos del departamento, listados con las sumas aproximadas de las indemnizaciones de los trabajadores, cartas enviadas a Ajax para verificar las reclamaciones: «Sr. X, compruebe que la suma adjudicada al Sr. X es la adecuada». Nada por lo que matarías a un chico.

Mientras comprobaba estos beneficios irrisorios y pensaba cuál sería mi próximo paso, me di cuenta de que alguien me estaba observando. Alcé la vista. No era la secretaria.

– Es mucho más decorativa que Peter. ¿Va a sustituirlo?

Mi interlocutor iba en mangas de camisa, tenía unos treinta años y sabía perfectamente que era atractivo. Me fijé en su cinturita y en lo bien que le quedaban los pantalones Brooks Brothers.

– ¿Hay alguien en este departamento que conozca realmente a Peter? -pregunté.

– La secretaria de Yardley se preocupa mucho por él, pero no sé si le conoce realmente.

Se acercó.

– ¿Por qué tanto interés? ¿Es de Hacienda? ¿Es que el chico ha olvidado pagar los impuestos de las propiedades que le ha traspasado su familia? ¿O se ha fugado con fondos del Departamento de Reclamaciones para donarlos al comité revolucionario?

– Creo que no va muy desencaminado -admití-. Y parece ser que ha desaparecido. Nunca he hablado con él -añadí, midiendo mis palabras-. ¿Usted lo conoce?

– Mejor que la mayoría de gente que trabaja aquí.

Sonrió alegremente, y aunque era un poco arrogante, me pareció simpático.

– Se supone que hace el trabajo pesado de Yardley, Yardley Masters. Acaban de verla hablando con él. Yo me encargo de los presupuestos.

– ¿Le apetece una copa? -le propuse.

Miró el reloj y sonrió de nuevo.

– Tiene una cita, jovencita.

Se llamaba Ralph Devereux. En el ascensor me dijo que acababa de llegar a la ciudad después de divorciarse y perder la casa que compartía con su mujer en el campo. El único bar del Loop que conocía era el Billy, donde acostumbraban a ir los del Departamento de Reclamaciones. Le sugerí que fuéramos al Golden Glow, un poco más alejado, para no encontrarnos con sus colegas. En la calle Adams compré el Chicago Sun-Times.