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En el rellano había dos hombres corpulentos con el pelo al rape y las mangas de la chaqueta demasiado cortas. No conocía al más joven, pero el otro era Bobby Mallory, teniente de Homicidios del distrito 21. Abrí el cerrojo torpemente e intenté sonreír.

– Hola, Bobby. ¡Qué alegría verte!

– Buenos días, Vicki. Siento haberte despertado -dijo Mallory con un humor de perros.

– No te preocupes, Bobby. Siempre me alegra verte.

Bobby Mallory había sido el mejor amigo de mi padre en el cuerpo de policía. En los años treinta hacían la ronda juntos y Bobby no se había olvidado de Tony cuando lo ascendieron y dejaron de verse a diario. Normalmente paso el día de Acción de Gracias con Bobby y Eileen, su encantadora esposa, y con sus seis hijos y cuatro nietos.

A menudo Bobby finge que no trabajo, o que no trabajo como investigadora. Estaba tan cabreado que no me miraba a la cara. Miraba tras de mí.

– El sargento John McGonnigal -dijo con entusiasmo mientras lo señalaba con el brazo.

– Nos gustaría entrar y hacerte unas cuantas preguntas.

– Por supuesto -dije educadamente con la esperanza de que mi pelo no estuviera muy alborotado-. Encantada de conocerlo, sargento. Me llamo V. I. Warshawski.

Nos dimos la mano y me aparté para dejarlos entrar. El pasillo que teníamos justo detrás daba directamente al baño. A la derecha estaba el dormitorio y la sala de estar, y a la izquierda, el comedor y la cocina. De esta forma, por las mañanas puedo ir directamente del cuarto al baño, y del baño a la cocina.

Les hice pasar a la cocina y preparé café. Con disimulo tiré al suelo las migas que había encima de la mesa. Abrí la nevera y busqué pan integral y queso cheddar. A mis espaldas Bobby dijo:

– ¿Nunca limpias esta pocilga?

Eileen es una ama de casa modélica. Si no le gustara invitar a la gente a comer nunca habría un plato sucio en su casa.

– He estado trabajando -dije con toda la dignidad que pude- y no puedo permitirme una mujer de la limpieza.

Mallory miró a su alrededor con cara de asco.

– Si Tony te hubiera dado unas cuantas zurras en vez de mimarte y consentirte, ahora serías una ama de casa feliz en vez de estar jugando a detectives y hacer nuestro trabajo más complicado.

– Pero ahora soy una detective feliz, Bobby. Y fui una ama de casa patética.

Eso era cierto. Mi breve incursión en el matrimonio ocho años atrás acabó en un divorcio penoso después de 14 meses. Algunos hombres sólo admiran a las mujeres independientes a cierta distancia.

– Ser detective no es un trabajo para ti, Vicki. No es un juego. Te lo he dicho un millón de veces. Y ahora te has metido en un caso de asesinato. Querían mandar a Althans pero usé mis privilegios de teniente para encargarme yo. Aun así, tienes que contármelo todo. ¿Se puede saber qué te llevó hasta el chico de Thayer?

– ¿El chico de Thayer? -repetí.

– No te hagas la inocente, Vicki -me aconsejó Mallory-. El colgado del segundo piso que te vio nos dio una descripción bastante buena. Cuando Drucker le sacó la información pensó que la voz de la mujer que llamó era la tuya. Además, dejaste huellas en la mesa de la cocina.

– Siempre he pensado que no existe crimen sin castigo. ¿Queréis café o huevos?

– Ya hemos desayunado, payasa. Los que trabajamos no podemos quedarnos en la cama como la bella durmiente.

Sólo eran las 8.10, pensé cuando vi el reloj de madera al lado de la puerta. No me extrañaba que me pesara tanto la cabeza. Como un autómata corté el queso, los pimientos verdes y la cebolla, los coloqué encima de un trozo de pan integral y puse la tostada en la parrilla. Estaba de espaldas a Bobby y al sargento mientras se derretía el queso; luego puse la tostada en un plato y me serví una taza de café. Por la forma en que respiraba Bobby, deduje que se le estaba acabando la paciencia. Estaba como un tomate cuando puse el plato en la mesa y me senté a horcajadas en una silla.

– Sé muy pocas cosas del chico de Thayer, Bobby -me disculpé-. Sé que estudiaba en la universidad de Chicago y que ahora está muerto. Y sé que está muerto porque lo leí en el Sun-Times.

– No te pases de lista conmigo, Vicki. Sabes que está muerto porque encontraste el cadáver.

Tragué un bocado de queso fundido y pimientos.

– Después de leer la noticia en el Sun-Times supuse que el chico era Thayer, pero no lo sabía cuando vi el cadáver. Para mí era otro muerto. Sesgado en la flor de la vida -añadí piadosamente.

– Ahórrate las oraciones fúnebres y dime qué te llevó hasta allí -exigió Mallory.

– Ya me conoces, Bobby. Tengo un sexto sentido para el crimen. Cuando huelo el mal, mi misión es erradicarlo.

Mallory enrojeció aún más. McGonnigal tosió tímidamente y cambió de tema antes de que su jefe explotara.

– ¿Tiene algún cliente ahora, Srta. Warshawski? -preguntó.

Me temía esta pregunta desde hacía rato y no sabía qué hacer exactamente. Si quieres ser un buen detective, no puedes dudar. Así que opté por una verdad a medias.

– Me contrataron para que convenciera a Peter Thayer de que debía estudiar empresariales.

Mallory no podía hablar de la rabia.

– Es verdad, Bobby -dije con sinceridad-. Fui al piso del chico para hablar con él, la puerta estaba abierta…

– ¿Cuando llegaste o después de forzar la cerradura? -me interrumpió Mallory.

– Así que entré -continué- aunque creo que no cumplí mi encargo porque Peter nunca estudiará empresariales. Ni siquiera sé si todavía tengo un cliente.

– ¿Quién te contrató, Vicki? -dijo Mallory más calmado-. ¿John Thayer?

– ¿Por qué querría contratarme John Thayer, Bobby?

– Dímelo tú. Tal vez quería que sacaras a relucir algunos trapos sucios para alejar a su hijo de los fumetas con los que anda.

Apuré el café y miré a Mallory a los ojos.

– Anteayer por la noche vino un tipo a mi despacho y me dijo que era John Thayer. Quería que encontrara a la novia de su hijo, Anita Hill.

– No hay ninguna Anita Hill en este caso -dijo McGonnigal-. Hay una Anita McGraw. Parece que Peter compartía habitación con una chica, pero esos jóvenes son tan ambiguos y sin perjuicios que es difícil saber quién está con quién.

– Prejuicios -dije con la mirada perdida. McGonnigal se puso pálido-. Sin prejuicios, sargento -añadí.

Mallory estaba a punto de estallar.

– De todas formas -me apresuré a decir-, cuando vi que no había ninguna Anita Hill en la universidad, imaginé que el tipo sólo quería despistarme. Y después me aseguré.

– ¿Cómo? -preguntó Mallory.

– Conseguí una foto de Thayer en el Banco Dearborn y vi que no era mi cliente.

– Vicki, eres una metomentodo. Tony se revolvería en su tumba si pudiera ver lo que haces. Pero no eres idiota. No me digas que no le pediste ninguna identificación.

– Me dio su tarjeta, el teléfono de su casa y una fianza. Imaginé que podría contactar con él cuando quisiera.

– Déjame ver la tarjeta -inquirió.

Desconfiado de mierda.

– Es su tarjeta -dije.

– Me gustaría verla, por favor -dijo con el tono típico del padre que se contiene ante una hija rebelde.

– No verás nada que yo no viera, Bobby.