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En algún estúpido momento más tarde me administraron otra inyección. Hizo que me dolieran las muelas y que mis ojos ardieran pero me despertó de golpe.

— ¡Señorita Viernes!

— ¿Sí, señor?

— ¿Estás despierta ahora?

— Creo que sí.

— Querida, pienso que has sido tan cuidadosamente adoctrinada bajo hipnosis para decirnos la misma historia bajo la acción de drogas que las has contado mejor que sin ellas. Es una lástima, porque vamos a tener que utilizar otro método. ¿Puedes ponerte en pie?

— Creo que sí. Puedo intentarlo.

— Levantadla. No dejéis que caiga. — Alguien, dos al parecer, hicieron lo indicado. No me sentía muy segura sobre mis pies, pero me sostuvieron —. Inicien procedimiento C, punto cinco.

Alguien aplastó una pesada bota contra los desnudos dedos de mis pies. Grité.

Miren, ustedes. Si alguna vez son interrogados utilizando el dolor, griten. La rutina del Hombre de Hierro lo único que consigue es hacer que las cosas sean peor y peor. Se lo dice alguien que ha pasado por ello. Griten hasta hacer saltar los oídos, y desmáyense tan pronto como les sea posible.

No voy a dar detalles de lo que ocurrió durante el siguiente e interminable rato. Si tienen ustedes algo de imaginación, terminarán sintiendo náuseas, y decírselo me hace sentir deseos de vomitar. De hecho lo hice, varias veces. También me desmayé, pero me reanimaron, y la voz siguió haciéndome preguntas.

Aparentemente llegó un momento en el que reanimarme ya no servía de nada, porque lo siguiente que recuerdo es estar de vuelta a la cama — la misma cama, supongo —, y de nuevo esposada a ella. Me dolía todo el cuerpo.

Aquella voz de nuevo, directamente encima de mi cabeza.

— Señorita Viernes.

— ¿Qué infiernos quieres?

— Nada. Si te sirve de algún consuelo, querida muchacha, eres el único sujeto al que haya interrogado nunca al que finalmente no he conseguido arrancarle la verdad.

— ¡Vete a halagar a tu padre!

— Buenas noches, querida.

¡El estúpido aficionado! Cada palabra que le había dicho era la desnuda verdad.

3

Alguien vino y me administró otra hipodérmica. Entonces el dolor recedió, y me dormí.

Creo que dormí durante mucho tiempo. O bien tuve sueños confusos o períodos en que estuve medio despierta, o ambas cosas. Algunos de ellos tenían que ser sueños… perros que hablaban, muchos de ellos, pero los perros no dan conferencias sobre los derechos de los artefactos vivientes, ¿verdad? Sonidos de tumultos y gente corriendo arriba y abajo parecían ser reales. Pero los oía como en una pesadilla porque intenté levantarme de la cama y descubrí que no podía alzar la cabeza, y mucho menos ponerme en pie y unirme a la diversión.

Llegó un momento en el que decidí que realmente estaba despierta, porque las esposas ya no trababan mis muñecas y la pegajosa banda ya no estaba sobre mis ojos.

Pero seguía sin poder levantarme ni abrir los ojos. Sabía que los primeros escasos segundos después de que abriera los ojos podían ser la mejor y posiblemente la única probabilidad que tuviera de escapar.

Retorcí los músculos sin moverme. Todo parecía hallarse bajo control, aunque me sentía más que un poco magullada aquí y allá y en muchos otros lugares. ¿Ropas?

Olvídalas… no sólo porque no tenía ni la menor idea de dónde podían estar mis ropas, sino también porque una no tiene tiempo de pararse a vestirse cuando tiene que echar a correr para salvar su vida.

Ahora el plan… No parecía haber nadie en aquella habitación; ¿habría alguien en aquel piso? Espera y escucha. Sí y cuando estés razonablemente segura de que estás sola en este piso, levántate sin ruido de la cama y sube las escaleras como un ratón, pasa el tercer piso hasta el ático, y escóndete allí. Aguarda a la oscuridad. Sal por el tejado del ático, descuélgate por la pared de atrás y métete en los bosques. Si alcanzaba los bosques de detrás de la casa, nunca podrían atraparme… pero hasta que lo consiguiera, iba a ser un blanco fácil.

¿Las posibilidades? Una sobre nueve. Quizá una sobre siete si tenía realmente suerte.

El punto más débil de aquel pobre plan era las altas probabilidades de ser descubierta antes de abandonar la casa… porque, si era descubierta — no, cuando fuera descubierta —, no solamente tendría que matar, sino que debería hacerlo en un silencio absoluto…

… porque la alternativa era aguardar hasta que terminaran conmigo… lo cual sería poco después de que «el Mayor» decidiera que ya no había ninguna otra cosa más que pudiera exprimírseme. Por torpes que fueran aquellos imbéciles, no eran tan estúpidos — o el Mayor no era tan estúpido — como para permitir que un testigo que ha sido torturado y violado siga con vida.

Tendí mis oídos en todas direcciones y escuché.

«Nada se movía, ni siquiera una rata». No tenía objeto seguir esperando; cada momento de retraso acercaba más el instante en que alguien pudiera dejarse caer por allí.

Abrí los ojos.

— Veo que estás despierta. Estupendo.

— ¡Jefe! ¿Dónde estoy?

— Vaya cliché apolillado. Viernes, tú puedes hacerlo mejor que eso. Vuelve atrás e inténtalo de nuevo.

Miré a mi alrededor. Una habitación, probablemente una habitación de hospital.

Ninguna ventana. Una luz tamizada. El característico silencio de tumba, realzado más que roto por el suave suspirar de los renovadores de aire.

Miré de vuelta al Jefe. Era una visión maravillosa. El mismo viejo y feo parche en el ojo… ¿por qué no se había tomado nunca el tiempo de hacerse regenerar aquel ojo? Sus bastones estaban apoyados contra una mesa, a su alcance. Llevaba su habitual desaliñado traje de seda cruda, cuyo corte hacía recordar un pijama mal confeccionado.

Me sentí enormemente feliz al verlo.

— Sigo deseando saber dónde estoy. Y cómo. Y por qué. En algún lugar subterráneo, seguro… ¿pero dónde?

— Subterráneo, seguro, aunque sólo unos cuantos metros. «Dónde» se te dirá cuando necesites saberlo, o al menos como salir y volver a él. Este fue el fallo de nuestra granja…

un lugar agradable, pero demasiada gente conocía su localización. «Por qué» es obvio.

«Cómo», puede esperar. Informa.

— Jefe, eres el hombre más exasperante que haya conocido nunca.

— Es la práctica. Informa.

— Y tu padre conoció a tu madre en un baile de pueblo. Y ni siquiera se sacó el sombrero.

— Se conocieron en un picnic de una escuela dominical baptista, y ambos eran creyentes. Informa.

— Tengo las orejas sucias. Cera. El viaje a Ele-Cinco se efectuó sin incidentes. Encontré al señor Mortenson y le entregué el contenido de mi falso ombligo. La rutina resultó interrumpida por un factor más bien poco usuaclass="underline" la ciudad del espacio estaba atravesando una epidemia de desórdenes respiratorios, de etiología desconocida, y yo la contraje. El señor Mortenson fue de lo más gentil; me alojó en su casa, y sus esposas me cuidaron con gran habilidad y amorosos cuidados. Jefe, deseo que sean recompensadas.

— Anotado. Prosigue.

— La mayor parte del tiempo tenía mi tonta cabeza ida. Es por eso por lo que me retrasé una semana del tiempo previsto. Pero una vez me sentí capaz de viajar de nuevo me preparé para irme inmediatamente, y el señor Mortenson me dijo que ya llevaba conmigo lo que tenía para ti. ¿Dónde, Jefe? ¿De nuevo mi falso ombligo?

— Sí y no.

— ¡Eso no es ninguna respuesta!

— Fue utilizada la bola artificial de tu ombligo.

— Lo imaginé. Pese al hecho de que se supone que no hay ninguna terminación nerviosa allí, puedo sentir algo, una cierta presión quizá, cuando hay algo dentro.