Выбрать главу

Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una linterna Maglite. Corrió las cortinas de la ventana de la cocina, amplió el foco de la linterna girando la parte superior y dirigió el haz hacia la mesa, las sillas y la sangre seca en el suelo. Inmóvil, se limitó a seguir la luz con la mirada, fijándose en todo cuanto aparecía ante sus ojos sin tocarlo. Cuando concluyó la inspección de la cocina, pasó a las demás habitaciones de la casa, sin tocar tampoco nada, sólo mirando. Finalmente volvió a la cocina, encendió un segundo cigarrillo con el primero y tiró la colilla al fregadero. Luego retrocedió hasta la puerta que comunicaba la cocina con el pasillo y se apoyó en el marco, tratando de identificar la causa de su malestar.

La muerte de Webber había sido una sorpresa sólo hasta cierto punto. El hombre en la cocina seguía de cerca las actividades de Webber y otros como él. La falta de escrúpulos que demostraban alguna que otra vez no le asombraba. Todos los coleccionistas eran iguales: en ocasiones sus deseos se imponían a sus buenas intenciones. Pero en realidad Webber no era un coleccionista. Si bien era cierto que había conservado algunos objetos a lo largo de los años, se ganaba la vida como intermediario, como facilitador, una fachada para otros. En esos individuos se esperaba cierto grado de buena fe. A veces podían beneficiar a un comprador en detrimento de otro, pero rara vez engañaban de forma activa. Hacerlo era poco sensato, ya que un trato manejado con deshonestidad sólo por las ganancias a corto plazo podía menoscabar el buen nombre. En el caso de Webber, ese menoscabo, revelado ahora en una mancha de sangre y materia gris, había sido letal. El visitante dio una larga calada al cigarrillo, arrugando la nariz. El olor que había molestado a la hija de Webber, relacionándolo, para su vergüenza, con la relajación de los músculos de su padre después de la muerte, casi se había desvanecido, pero el intruso tenía los sentidos muy agudos, prácticamente indemnes pese a su afición al tabaco. Ese olor lo inquietaba. No se correspondía con aquel lugar. Era ajeno.

A sus espaldas se hallaba la oscuridad del pasillo, pero no estaba vacío. Unas formas se movían en la penumbra, siluetas grises con la piel semejante a la de una fruta pasada, formas sin sustancia.

Hombres huecos.

Y aunque él los sintió congregarse, no se volvió. A pesar de lo mucho que lo odiaban, eran sus criaturas.

El hombre de la cocina se hacía llamar «Coleccionista». A veces se lo conocía por el nombre de Kushiel, el demonio a quien se atribuía la función de carcelero del infierno, lo que acaso fuese sólo una broma macabra por su parte. No era un coleccionista como aquellos para quienes Webber localizaba objetos. No, el Coleccionista se veía a sí mismo como un hombre que saldaba deudas, que ajustaba cuentas. Algunos incluso lo habrían llamado asesino, porque en último extremo lo que hacía era matar, pero eso hubiera sido malinterpretar la labor del Coleccionista. Aquellos a quienes liquidaba por sus pecados habían perdido el derecho a la vida. Es más, sus almas habían perdido todo derecho, y sin alma, un cuerpo no era más que un receptáculo vacío que debía romperse y desecharse. Cada vez que eliminaba a alguien se llevaba una prenda en recuerdo, a menudo un objeto de especial valor sentimental para la víctima. Era su manera de conmemorar, aunque además su colección le proporcionaba un gran placer.

¡Y vaya si habla crecido a lo largo de los años!

A veces esos seres sin alma permanecían con él durante un tiempo, y el Coleccionista les daba un objetivo, aun cuando ese objetivo fuera sólo sumarse a los otros como ellos. Ahora, mientras merodeaban cerca de él, percibió en ellos un cambio de humor, si es que podía decirse que esos hombres vacíos, extraviados y sin esperanza, conservaban algo vagamente cercano a una verdadera emoción humana aparte de la rabia. Estaban asustados, pero el suyo era un miedo atenuado por un asomo de…

¿Era expectación?

Parecían matones de tercera fila en un patio de colegio, amilanados por uno más fuerte que ellos pero esperando la aparición del perro grande, el cabecilla, el que pondría al usurpador en su sitio.

El Coleccionista rara vez sentía inseguridad. Conocía demasiado bien el funcionamiento de este mundo, un mundo como una colmena, y cazaba entre sus sombras. A quien debía temerse era a él, el depredador, el juez inmisericorde.

Pero allí, en esa cocina equipada con todo lo más caro en una casa de un barrio acomodado, el Coleccionista estaba nervioso. Volvió a olisquear el aire, y detectó el tufo residual. Se acercó a la ventana, alargó el brazo hacia las cortinas, y de pronto se detuvo como si temiese lo que tal vez apareciera al otro lado. Finalmente las descorrió, retrocediendo al hacerlo y con la mano derecha un poco en alto para protegerse.

Sólo vio su propio reflejo.

Pero allí se adivinaba la presencia de algo más, y no era la del hombre que disparó la bala que mató a Webber, porque el Coleccionista lo sabía todo de éclass="underline" Herodes, a quien siempre buscaba y nunca encontraba; Herodes, el que vivía escondido detrás de distintos alias y empresas fantasma, tan astuto y tan diestro en el arte de la ocultación que incluso el Coleccionista había perdido su rastro. Tarde o temprano le llegaría su hora. A fin de cuentas, el Coleccionista llevaba a cabo la obra de Dios. Era el verdugo de Dios, ¿y quién podía pretender esconderse del Divino?

No, no era Herodes. Era otro, y el Coleccionista percibió su olor en la nariz y su sabor en la lengua, casi vio el levísimo rastro de su presencia como la condensación del aliento en un cristal. Había estado allí, viendo morir a Webber. ¡No, un momento! El Coleccionista abrió los ojos de par en par cuando ató cabos, y sus conjeturas adquirieron la firmeza de una convicción.

No viendo morir a Webber, sino viendo a Herodes mientras Webber moría.

El Coleccionista supo entonces por qué se había sentido atraído por aquel lugar, supo por qué Herodes, sin comprender aún plenamente el objetivo último de sus esfuerzos, había estado reuniendo su propia colección de material arcano.

Él estaba allí. Por fin había llegado: el Hombre Risueño, el Viejo Tentador.

Aquel que Espera Detrás del Cristal.

9

Al despertar, no me sentía descansado y me dolían mucho la garganta, la nariz y los pulmones. La mano derecha me temblaba sin cesar, y me salpiqué la camisa de agua caliente mientras intentaba prepararme un café. Al final, para nada, porque el café me supo igualmente a agua inmunda. Me senté en una silla con la mirada fija en la marisma; mi ira de la noche anterior se había desvanecido dando paso a una lasitud, que sin embargo no era tan profunda como para anular el miedo. No deseaba pensar en Bennett Patchett y su hijo muerto, ni en Joel Tobias, ni en barriles llenos de oscuridad turbulenta. Ya otras veces había experimentado shocks de efecto retardado, pero nunca como en esa ocasión. Al dolor y al temor se añadía la vergüenza por haber dado el nombre de Bennett Patchett. A todos nos gusta creer que, a fin de proteger a otra persona y salvar una pequeña parte de nosotros mismos, seríamos capaces de soportar la tortura, pero no es así. Todo el mundo acaba sucumbiendo, y yo, para no morir ahogado en agua estancada, les habría dicho lo que quisieran. Habría confesado delitos que no había cometido, y jurado cometer delitos contrarios a mi naturaleza. Tal vez incluso habría traicionado a mi propia hija, y me encogí sólo de pensarlo. Me habían arrebatado la hombría entre los escombros del Blue Moon.