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– No, la auténtica suerte fue que la propia Lauren me ayudara a mantenerla con vida. No deja de ser una ventaja ser médico cuando tu cuerpo y tu mente se disocian. Puedes ocuparte de ti mismo.

Carol-Ann boqueó en busca de un poco de aire. Arthur no tenía necesidad de recobrar el aliento, solamente el equilibrio. Se agarró a la manga de Carol-Ann, que se sobresaltó y lanzó un grito instantáneo.

– Y luego se despertó, y finalmente también eso fue una suerte. Así que ya lo ves, Carol-Ann, ya lo ves: la verdadera suerte no es que tú y yo rompiéramos, no es aquel museo de París, no es el sidecar, sino ella: ella es la auténtica suerte de mi vida -dijo extenuado sentándose en el armazón de la máquina.

El flamante furgón del centro hospitalario acababa de aparcar junto a la acera. El jefe del equipo se precipitó hacia Arthur al que Carol-Ann seguía mirando embelesada.

– ¿Esta bien, señor? – preguntó el socorrista.

– ¡En absoluto! -afirmó Carol-Ann. El socorrista lo cogió del brazo para llevárselo hacia la ambulancia.

– Todo va bien, se lo aseguro -dijo Arthur, zafándose.

– Hay que suturar esa herida que se ha hecho en la frente -insistió el camillero, a quien Carol-Ann dirigía grande gestos para que embarcara a Arthur lo antes posible.

– No me duele ninguna parte del cuerpo, me encuentro muy bien, tenga la amabilidad de dejarme volver a casa.

– Con todos esos pedazos esparcidos es bastante probable que tenga microcristales en los ojos. Voy a llevármelo.

Fatigado, Arthur se abandonó. El socorrista lo tumbó en la camilla y le cubrió los ojos con dos gasas estériles; mientras no se los limpiaran, había que evitarles cualquier movimiento susceptible de desgarrar la córnea. El vendaje que envolvía ahora el rostro de Arthur lo, sumía en una oscuridad incómoda.

La ambulancia subió por Sutter Street con las sirenas aullando, giró en Van Ness Avenue puso rumbo al San Francisco Memorial Hospital.

Capítulo 6

Se oyó el tintineo de una campana y las puertas del ascensor se abrieron en la tercera planta. La inscripción de la placa de la pared señalaba la entrada al servicio de neurología.

Lauren salió de la cabina sin saludar a sus colegas, que bajaban a las plantas inferiores del hospital. Los fluorescentes que colgaban del techo en el pasillo se reflejaban en el barniz coloreado del suelo. Sus zapatos chirriaban al caminar sobre el linóleo. Llamó suavemente a la puerta de la 307, pero su brazo volvió a caer, pesado, junto al cuerpo. Entró.

Ya no había sábanas ni la almohada en la cabecera de la cama. La pértiga del gota a gota permanecía desnuda y tiesa como un esqueleto en un rincón cerca de la cortina fija del cuarto de baño. La radio de la mesilla de noche permanecía en silencio, los peluches que aquella misma mañana todavía sonreían en la repisa de la ventana se habían marchado a cumplir con su trabajo en otras habitaciones. De los dibujos infantiles colgados en la pared, sólo quedaban restos de celo.

Algunos dirían que la pequeña Marcia había expirado aquella tarde, y otros simplemente que había muerto, pero para todos los que trabajaban en la planta, aquella habitación seguiría siendo la suya durante unas horas. Lauren se sentó encima del colchón y acarició la sábana impermeable.

Su mano febril avanzó hasta la mesita de noche y abrió el cajón. Cogió la hoja doblada en cuatro y esperó un poco antes de leer su secreto. Aquella niña que había echado a volar estando ciega lo había visto perfectamente. El color de los ojos de Lauren se difuminó bajo sus lágrimas. Se inclinó para dominar un espasmo.

La puerta de la 307 se entreabrió, pero Lauren no oyó la respiración del hombre de blancas sienes que contemplaba su llanto.

Tan digno como elegante con su traje negro, y con la barba gris muy recortada, Santiago fue a sentarse a su lado con paso quedo, Y le puso una mano encima del hombro.

– No es culpa suya -murmuró con la voz teñida de un acento argentino-. Ustedes sólo son médicos, no dioses.

– Y usted, ¿quién es? -murmuró Lauren entre dos sollozos.

– Su padre; he venido a buscar las cosas que quedan: la madre no se veía con fuerzas. Tiene usted que serenarse, aquí hay otros niños que la necesitan.

– Debería ser al revés -dijo Lauren con un hipo provocado por el llanto.

– ¿Al revés? -preguntó el hombre, perplejo.

– Debería consolarlo yo a usted -dijo ella, y se echó a llorar aún más.

El hombre, prisionero de su pudor, vaciló un instante; tomó a Lauren entre sus brazos y la apretó con fuerza contra él. Sus ojos azules rodeados de arruguitas también se nublaron. Y entonces, para acompañar a Lauren, como por cortesía, aceptó por fin liberar su pena.

La ambulancia se detuvo bajo la marquesina de Urgencias. El conductor y el socorrista guiaron los pasos de Arthur hasta el mostrador de ingresos.

– Ya hemos llegado -dijo el camillero.

– ¿No podrían quitarme el vendaje? Le aseguro que no me he hecho nada, lo único que quiero es irme a casa.

– ¡Esta sí que es buena! – replicó Betty con voz autoritaria, mientras consultaba la ficha de intervención que acababa de entregarle el socorrista-. A mí también me gustaría que usted se marchara a su casa -continuó-, me gustaría que todas las personas que esperan en este vestíbulo se marcharan a casa para poder cerrar, y así yo también me iría a la mía. Pero mientras esperamos a que Dios nos lo conceda, tendremos que examinarlo igual que a ellos. Ahora vendrán a buscarlo.

– ¿Cuánto tardarán? -preguntó Arthur, con una voz casi tímida.

Betty miró al techo, levantó los brazos al cielo y exclamó:

– ¡Sólo Dios lo sabe! Instálenlo en la sala de espera – les dijo a los camilleros mientras se alejaba.

El padre de Marcia se levantó y abrió la puerta del armario, del que sacó la cajita que contenía las cosas de su hija.

– Le tenía a usted mucho cariño -dijo, sin darse la vuelta.

Lauren agachó la cabeza.

– Aunque no es eso lo que quería decir en realidad -continuó el hombre.

Y puesto que Lauren permaneció en silencio, le hizo otra pregunta.

– Todo lo que diga entre estas cuatro paredes, usted lo respetará como secreto profesional, ¿no es así?

Lauren contestó que tenía su palabra, así que Santiago avanzó hacia la cama, se sentó a su lado y murmuró:

– Quería darle las gracias por haberme permitido llorar.

Y ambos se quedaron casi inmóviles.

– ¿Le contaba cuentos a Marcia? -preguntó Lauren en voz baja.

– Yo vivía lejos de mi hija, volví aquí para la operación pero todas las noches la llamaba por teléfono desde Buenos Aires, ella dejaba el auricular encima de la almohada y yo le explicaba la historia de un pueblo formado por animales verduras que vivían en medio de un bosque, en un claro jamás descubierto por los hombres. Y ese cuento duró más tres años. Entre el conejo con poderes mágicos, los ciervos, los árboles, cada uno con su nombre, y el águila que siempre daba vueltas sobre sí misma porque tenía un ala más corta que la otra, a veces me ocurría que me perdía en mi propio relato, pero Marcia me regañaba a la menor equivocación.

Ni hablar de encontrar al tomate sabio o al pepino de locas e imposibles carcajadas en algún lugar que no fuese donde los habíamos dejado la víspera.

– ¿Hay algún mochuelo en ese claro?

Santiago sonrió.

– ¡Era un caso muy curioso! Emilio era vigilante nocturno. Mientras todos los demás animales dormían, él se quedaba despierto para protegerlos. De hecho, ese trabajo era un pretexto, pues el mochuelo era un miedica sin remedio. Al despuntar el día, volaba a toda velocidad hasta una gruta y se escondía allí, porque le daba miedo la luz. El conejo lo sabía, pero como siempre había sido un buen tipo, nunca traicionó su secreto. A menudo, Marcia se dormía antes del final de la historia, y yo escuchaba su respiración durante algunos minutos antes de que su madre volviera a colgar. Su aliento delicado era como una hermosa música, y cada noche me llevaba esas notas conmigo.