Eché una ojeada a mi alrededor. Varios ramilletes de rosas secas colgaban del techo y también había una estantería llena de papeles y cartas y, sobre un taburete, una vieja máquina de escribir. Tenía una radio, pero no vi ningún televisor. Empecé a preocuparme por el tipo de vida que en realidad llevaría. Parecía similar a la mía.
«Así has venido a mí», me dije. «Lo más inesperado que jamás me ha sucedido».
Louise colocó el termo y las tazas de plástico sobre la mesa. Yo me senté en la cama, junto a Harriet. Louise se quedó de pie, mirándome.
– Me alegro de no llorar -dijo-. Pero me alegro más aún de que no te hayas puesto histérico jurando y perjurando lo contento que estás ante la noticia.
– Lo más probable es que no haya comprendido aún del todo. Además, nunca me altero tanto como para perder el control.
– ¿Acaso no crees que sea verdad?
Pensé en los viejos documentos y protocolos que contenían los relatos, siempre parecidos, de los jóvenes que juraban no ser ellos los padres.
– Estoy convencido de que es verdad.
– ¿Te sientes triste por no haberme conocido antes, por verme entrar en tu vida tan tarde?
– Estoy bastante hecho a la tristeza -respondí-. Lo que más siento ahora es admiración. Hasta hace una hora, no tenía hijos. Y jamás pensé que me ocurriría.
– ¿A qué te dedicas?
Miré a Harriet. Estaba claro que jamás le había dicho nada a Louise sobre quién era su padre, ni siquiera que era médico. Me indignó. ¿Qué le había contado de mí? ¿Que su padre fue alguien que pasaba por allí?
– Soy médico. O al menos lo era.
Louise me observó con la taza en la mano. Vi que llevaba anillos en todos los dedos de la mano. Incluso en el pulgar.
– ¿Qué clase de médico?
– Cirujano.
Hizo una mueca. Pensé en la reacción de mi padre el día en que, a la edad de quince años, le revelé cuál sería mi elección profesional.
– ¿Puedes extender recetas?
– Ya no. Estoy jubilado.
– Una lástima.
Louise dejó la taza y se puso un gorro de lana en la cabeza.
– Aquí se hace pis detrás de la caravana. Luego le echas nieve encima. Si tienes que hacer algo de más envergadura, utiliza la letrina que hay junto a la leñera.
Desapareció por la puerta haciendo equilibrio sobre sus tacones. Yo me volví hacia Harriet.
– ¿Por qué no me lo habías dicho? ¡Es una vergüenza!
– ¡No me hables a mí de vergüenzas! No sabía cómo ibas a reaccionar.
– Habría sido más fácil si me hubieras preparado.
– No me atrevía. ¿Y si me dejabas en el arcén e interrumpías el viaje? ¿Cómo iba yo a saber que querías tener hijos?
Harriet tenía razón. ¿Cómo iba a saber cuál sería mi reacción? Tenía todos los motivos imaginables para desconfiar de mí.
– ¿Por qué vive así? ¿De qué vive?
– Ella ha elegido vivir así. Y no sé de qué vive.
– Pero, algo sabrás, ¿no?
– Bueno, escribe cartas.
– Ya, pero de eso no se puede vivir, ¿verdad?
– Al parecer, es posible.
De repente caí en la cuenta de que las paredes de la caravana eran muy delgadas y de que mi hija tal vez estuviese con la oreja pegada, escuchando. Tal vez hubiese heredado mi vicio de escuchar a escondidas.
Bajé la voz y seguí en un susurro.
– ¿Por qué se viste así? ¿Por qué lleva tacones?
– Mi hija…
– ¡Nuestra hija!
– Nuestra hija siempre ha sido una persona muy especial. Ya cuando tenía cinco años, yo estaba convencida de que sabía lo que quería hacer con su vida y de que yo nunca la entendería.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Siempre quiso vivir sin preocuparse excesivamente de lo que pensaban o dejaban de pensar los demás. Por ejemplo, de sus zapatos. Son muy caros. De Ajello, fabricados en Milán. No es normal que la gente se atreva a vivir de ese modo.
Se abrió la puerta y la hija de ambos entró en la caravana.
– Tengo que descansar -dijo Harriet-. Estoy agotada.
– Tú siempre has estado agotada -replicó Louise.
– Pero no siempre he estado moribunda.
Por un instante se las oyó gruñir como dos gatas. Un gruñido no del todo amable, pero tampoco malvado. En cualquier caso, ninguna de las dos parecía sorprendida. Comprendí que, para Louise, no era ningún secreto el que Harriet estuviese muriéndose.
Me levanté para que ella pudiese tumbarse en la estrecha cama. Louise se calzó un par de botas.
– Salgamos un rato. Necesito hacer algo de ejercicio. Además, supongo que los dos estamos algo conmocionados.
Había un sendero que a fuerza de pasar se había abierto en dirección a la granja abandonada. Discurría ante una vieja despensa y nos condujo hasta un espeso bosquecillo de abetos. Louise caminaba deprisa y me costaba seguirla. De repente, se detuvo y se dio la vuelta.
– Creía que mi padre había desaparecido en América. Un padre llamado Henry, que adoraba las abejas y que dedicó su vida a investigar sobre ellas. Durante todos estos años transcurridos, jamás me envió ni siquiera un tarro de miel. Yo creí que habías muerto. Pero resulta que no estás muerto. Y he podido conocerte. Cuando volvamos a la caravana, os haré una fotografía a Harriet y a ti. Tengo montones de fotos de Harriet, sola o conmigo. Pero quiero tener una de mi padre y de mi madre antes de que sea demasiado tarde.
Continuamos sendero arriba.
Pensé que, en el fondo, Harriet le había dicho la verdad. O al menos toda la verdad que podía decir sin mentir. Yo me había marchado a América y, en efecto, de joven me interesé por las abejas. Además era innegable que, ciertamente, no estaba muerto.
Caminábamos sobre la nieve.
Louise tomaría la instantánea que quería de sus padres.
Aún no era demasiado tarde para hacer la fotografía que le faltaba.
2
El sol se ocultaba en el horizonte.
En un cercado vimos un ring de boxeo completamente cubierto de nieve. Se diría que lo habían dejado allí provisionalmente, en medio de tanta blancura. Dos bancos de madera desvencijados, que un día habrían podido servir en alguna iglesia o en un cine, yacían medio sepultados por la nieve.
– Boxeamos en primavera y en verano -dijo ella-. Solemos inaugurar la temporada a mediados de mayo. Entonces nos pesamos en la vieja báscula de una lechería.
– ¿Boxeamos? ¿Quieres decir que tú también boxeas?
– ¿Por qué no había de hacerlo?
– ¿Y contra quiénes boxeas?
– Mis amigos. La gente de por aquí, gente que ha elegido vivir como quiere. Leif, que vive con su anciana madre, la cual regentaba la más célebre destilería clandestina del lugar. Amandus, que es violinista y tiene unos puños fuertes.
– Pero, no se puede ser boxeador y tocar el violín, ¿no?
– Pregúntale a Amandus. Pregúntales a los demás.
Nunca supe quiénes eran los demás. Siguió subiendo el empinado sendero en dirección a un cobertizo que quedaba al otro lado del ring de boxeo. Mientras la observaba por detrás, me dije que su cuerpo me recordaba al de Harriet. Pero ¿qué aspecto habría tenido mi hija cuando era una niña? ¿O de adolescente? Avanzaba clavando los pies en la nieve mientras intentaba retroceder en el tiempo. Louise había nacido en 1967. Su adolescencia coincidió con los años de más éxito en mi carrera profesional. Sentí la cuchillada de un súbito acceso de cólera originado en lo más hondo de mi ser. ¿Por qué no me habría dicho nada Harriet?
Louise señaló unas huellas en la nieve y me dijo que eran de un glotón. Abrió la puerta del cobertizo. En el suelo había un candil que encendió y colgó del techo. Fue como entrar en un anticuado local de entrenamiento de boxeo o de lucha libre. Había en el suelo pesas y barras y del techo colgaba un saco de arena; y sobre un banco se veían algunas cuerdas y guantes de color rojo y negro perfectamente ordenados.