– Al día siguiente, cuando me desperté, estaba solo. Debía de ser la una de la tarde y tenía una resaca espantosa. Fui a la cocina para tomarme un par de aspirinas. El cielo estaba despejado, y la visión de todo aquel desorden a mi alrededor me daba aún más dolor de cabeza. Uno de aquellos gilipollas se había dedicado a tirar toneladas de platos de cartón, y ahora todos esos cacharros alfombraban la habitación como un montón de confetis gigantes. Me senté en una esquina de la mesa bostezando, iba a costarme horas poner un poco de orden en todo ese desastre y me sentía desanimado por anticipado. Habría hecho falta un milagro para salvarme.
Me tomé un café y llamé a la tienda. Mientras Bob corría en busca de su madre, aproveché el tiempo limándome las uñas y cambiándome la camisa; la imaginaba viniendo desde el fondo del almacén y sujetándose los pechos.
– ¿Sí? -dijo.
– Soy yo, lo siento pero estoy enfermo. Apenas me tengo en pie,
– Espero que no sea nada grave.
– No creo, pero tan pronto como baje de 39 volveré al trabajo. No se preocupe.
– Téngame al corriente, joven.
– Sí, claro, quería llamarla esta mañana pero me sentía demasiado débil.
– No hay ningún problema. Cuídese…
– No hago otra cosa.
Colgué, y al mirar a mi alrededor pude comprobar que el milagro no se había producido: los enanitos no se habían presentado para arreglar la casa mientras yo hacía la llamada. En cualquier caso, quité los platos que estaban encima de mi máquina de escribir y a continuación la zarandeé en todos los sentidos para que cayeran las migas. Hace ya mucho tiempo que vengo comprobando que la gente no respeta nada, así que no me sorprendí.
Pero después fui incapaz de hacer nada más. Vagué de habitación en habitación, tratando de encontrar una manera lógica de empezar a ordenar, pero el caos era tal que mis ideas naufragaban. Mi vida era muy semejante a todo aquello, las cosas parecían amontonadas las unas sobre las otras y sin una relación aparente, pero todo se sostenía. La única diferencia estribaba en que no tenía ganas de hacer limpieza en mi vida y prefería que todo se quedara así.
Al cabo de un momento creí que había encontrado la solución adecuada. Me dije: para simplificar todo eso vas a ir a la cocina a buscar dos o tres bolsas grandes y lo echas TODO dentro. ¿Los cuchillos y los tenedores también…? Claro, no te busques complicaciones, estás por encima de estas cosas, no me digas que te vas a poner un delantal y te vas a pasar una hora con las manos metidas en jabón, y con un mechón cayendo una y otra vez sobre los ojos. N° te olvides que tienes un público, caramba.
Corrí hasta la cocina, pero aquel plan de acero se fue lamenta blemente a pique. En la actualidad, un tipo que se queda sin bolsas de basura se encuentra en una situación crítica, debido a que la casa se llena por sí sola, en la medida en que la porquería se reproduce y cría a la velocidad de la luz. Bueno, todo aquello se presentaba mal y era imposible saber si tenía hambre o sed. No hacía nada. No sentía nada. ¿Valdría la pena que me fabricara uno de esos cacharros puntiagudos para recoger hojas muertas y que pinchara algunos platos?
Estaba inclinado sobre el fregadero, remolcando algunas porquerías con la ayuda de un tenedor, cuando llamaron a la puerta. Solté el tenedor y fui a abrir. Era Cecilia. Me gustó darme cuenta de que verla no me daba ni frío ni calor. La dejé entrar. Parecía estar en forma.
Miró a su alrededor y exclamó.
– ¡Vaya, si parece una caverna!
– Sí, estoy poniendo orden. Acabo de levantarme.
– ¿Ha estado bien la fiesta?
– Muy bien. No hemos cambiado la faz de la tierra.
– Y evidentemente, invitaste a un montón de gente, ¿no?
– Sí, pero en general siempre somos los mismos.
Se quedó en silencio un instante y noté que vibraba de pies a cabeza. Pero yo sabía que la cosa con esa chica ya se había fastidiado.
– Bueno -dije-, ¿y qué te trae por aquí?
Hundió los puños en las caderas y me miró muy atentamente. Sus ojos brillaban como guirnaldas de navidad.
– ¿Y puedo saber por qué no me invitaste a mí? -me preguntó.
– Claro… ¿Cuál es ahora tu apellido?
Cambió de color, luego tiró su bolso sobre la mesa y se volvió a la ventana. Vi que se iba formando una mancha en el bolso.
– Creo que has roto algo -le dije.
– Mierda, vamos a ver, ¿qué tienes contra mí?
Mira -le dije-, tengo trabajo. Sé buena chica. Nos vemos un día de estos, ¿eh?
De un salto se colocó frente a mí. Mentiría si dijera que en aquel fomento no la encontré atractiva, pero era mejor mantenerla a distancia y estaba dispuesto a emplearme a fondo. A veces es mejor tratarme con pinzas.
Debía mostrar la sonrisa de asesino de mujeres, porque se reprimió y no me saltó a la cara. Estiró el brazo por encima de la mesa, con un dedo apuntando hacia mí, pero no podía articular sonido. La casa estaba muy caliente. La recorrían chispas azules y a mí me parecía formidable, porque quería decir que con una chica siempre había algo aprovechable. Creo que el día en que ya no haya una chica en mi camino me cortaré el cuello de oreja a oreja. La veía en un claroscuro, con un hilo de oro sobre la cabeza, pero esa visión no me hizo temblar, incluso me atrevería a decir que en aquel momento estaba recargándome los nervios, y que respiraba toda la energía que flotaba por la habitación. Creo que ella lo notó, y debió de reflexionar a toda velocidad para cambiar su juego. La maniobra adecuada consistía en llevar al otro a su terreno, y trató de arrastrarme a una maratón.
– Fíjate bien en lo que voy a decirte -soltó-: no me iré de aquí hasta que me digas qué es lo que no funciona entre nosotros.
En conjunto, ellas mantienen mejor la distancia que nosotros, saben conservar sus fuerzas: ya me ha pasado en ocasiones eso de despertarme sobresaltado en la cama de una chica y sentirme malherido. Miré a mi alrededor, vi todo aquel mogollón agotador y pensé en el dinero que iba a llegarme, pensé en mi novela, pensé en mí y puse las manos encima de la mesa.
– Pues me parece muy bien -le contesté-. ¡Era exactamente lo que quería!
Tardé apenas diez segundo en recoger mi original, mi talonario de cheques, mi máquina y un poco de ropa. Acababa de ocurrirseme una idea genial. Me preguntaba cómo no lo había pensado antes.
– ¿Qué te ha cogido ahora? -me preguntó.
– No te olvides de apagar el contador cuando salgas -le dije.
Un rayo de sol me recibió en la puerta y me acompañó hasta el coche, era un buen augurio. Ni un alma en los alrededores. Subí al «Jaguar» y arranqué como un cohete.
Mi original restallaba al viento en el asiento de al lado. En el fondo, era la única cosa que valía la pena, la única cosa auténtica mente real en todo aquello.
23
Aparqué cerca del hotel a última hora de la tarde. Me dirigí a la recepción. El tipo me reconoció.
– Quisiera estar en la misma habitación -le dije.
– Mire -comentó-, me gustaría que no tuviéramos los mismos problemas que la primera vez, ¿eh?
– No habrá problemas -dije-. Puedo pagarle por anticipado.
– Eso me parece muy razonable.
Le firmé un cheque y me tendió las llaves con aire satisfecho.
En una época, viví en ese hotel durante ocho o nueve meses, trabajaba en los muelles y escribí allí mi primer libro. Había pasado por momentos lamentables en los que debía escurrirme por la puerta de emergencia para no pasar por recepción. Había pasado por un período bastante negro durante aquel año, pero había logrado salir a flote.
– No le indico el camino -dijo el tipo.
– Esta vez, tomaré el desayuno en mi habitación.
– Vaya, parece que ha pasado mucha agua bajo el puente, ¿eh?
No le contesté nada a aquel tarado. Tomé el ascensor hasta el octavo y volví a encontrar mi habitación. Sentí algo, y además no había cambiado nada, la jabonera seguía rota y, como antes, tenías que tirar como un loco para abrir la ventana. Justo por el exterior pasaba una escalera de emergencia, y por la noche, cuando la luna caía justo encima, podía quedarme durante horas y horas mirando el espectáculo desde la cama. Era aquello o nada.